PORNOGRAFÍA y MACHISMO

 

Me preguntaron hace unos días si consideraba al porno un género machista. Más bien todo lo contrario. En línea con la teórica feminista Camille Paglia, creo que en el porno la mujer es la suma sacerdotisa de un ritual sexual de orden pagano, en el que el papel de los hombres no es otro que el de tributar (no es casual el término “cumtribute”), con la aspiración de acceder al privilegio de la cópula.
Este juego de roles está directamente ligado al hecho de que en nuestra especie, como sucede en tantas otras especies animales, la hembra es la encargada de la selección sexual (¿se acuerdan del dicho popular “el hombre propone, la mujer dispone”?).
Esta realidad, tamizada por la sofisticación del cortejo civilizado, es expuesta por el porno según le dicta su marca de origen: esto es, de modo explícito y sin rodeos. Incluso por fuera de su faz representacional tampoco es casual que en el condicionado sí exista brecha salarial, que sea ostensible y obviamente en favor de las actrices, quienes suelen ganar varias veces más que sus colegas actores. Tampoco lo es el hecho de que por cada diez estrellas mujeres contamos un pornostar masculino y que, a la vez, por cada estrella femenina haya incontables starlettes varones desfilando semianónimamente por un sinfín de producciones de las más diversas vertientes y magnitudes.
Espejo de nuestra condición singular tallada a base de pulsos evolutivos, biológicos y psicológicos en feedback continuo, el porno es, por todo lo dicho y entonces, el género menos machista del que yo tenga noticias.
Además, no hay nada fortuito en el hecho de que su existencia sólo pueda ocurrir en el marco del más acendrado capitalismo. Al fin y al cabo, no son otra cosa que hermanos de sangre reproduciendo fielmente el teatro de la naturaleza, incluyendo la humana.