Entrevista de Goyo Anchou a César Jones con motivo de la RETROSPECTIVA LPsexxx que tendrá lugar en el Complejo Arte Cinema Sur de Buenos Aires a partir del 6 de noviembre próximo.

 

¿Cuál fue tu formación cinematográfica?

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes, en La Plata.  Terminé de cursar en 2000, y luego de un paréntesis marcado por mi entrada al porno, presenté mi tesis en 2003: “Argentina Sci-Fi” (http://www.argentinasci-fi.com.ar), un website que intentaba una aproximación exploratoria sobre las relaciones entre el género de ciencia-ficción y el cine argentino desde comienzos del sonoro hasta principios del nuevo siglo. 


¿Qué te llevó a elegir el porno como manera de expresión?

Sólo puedo conjeturar débilmente al respecto, puesto que no se trató de una elección per se sino de una cuestión procesual en la cual se implicaron miríadas de factores, algunos que puedo entrever, otros inescrutables hoy para éste que escribe.   Sin embargo, dentro del entusiasmo que el cine en general provocaba en mí desde mi más tierna edad, el porno, a partir del descubrimiento púber y luego de forma más consciente aunque sin abandonar el deseo y la pulsión lúdica originaria, el porno decía, desde un principio acaparó mi atención, favorecida tal vez porque mis primeros escarceos en tanto espectador datan de principios de los ‘80, época en que el triple X todavía gozaba de los coletazos creativos de la década anterior y también sumaba su propia mirada al abordaje de los principales tópicos del género.  E incluyo en esta gama a los primeros films gonzo, que aportaron su mirada renovadora en aquellos años, más allá de que luego transmutarían en plaga exterminadora de ideas y autorreplicación exasperante, hasta el día de hoy – y junto al hastío oficial no-gonzo-, con las consecuencias por todos conocidas: éxito comercial, sopor, exhaustez integral de una gran parte de la oferta de la industria a nivel mundial…  Quedaría por relacionar estos factores con el advenimiento de la INTERNET, la “democratización” del sexo explícito y la piratería: básicamente un poderoso uppercut parcialmente autopropinado.
Por otro lado, el porno, en tanto topografía incierta, se me presenta como campo fértil para tentar hipótesis, sugerencias, explicaciones parciales e interrogaciones varias sobre el ser humano y su problemática, sus goces y misterios en tanto entidad erótica.  Un territorio tan generoso como desaprovechado, ciertamente, también por mí, al compás de mis deficiencias como realizador, que entonces lucho por paliar para así poder  encauzar mi deseo en pantalla del modo más fecundo que me sea posible.


¿Hiciste algo aparte de porno?

Muy poco.  Algunos cortometrajes cuyo mayor interés –personal, claro está- radica en haberse constituido como puntas de lanza para mi incursión en el quehacer cinematográfico; los trabajos curriculares durante el período de estudio en la facultad –cortos y mediometrajes en diversos formatos y ejerciendo roles varios- y finalmente fui parte de la postproducción y responsable de la musicalización del film argentino independiente “Carne mía” (2002), de Mariano Martínez Paiva.


¿Cuántas películas hiciste?

Actualmente trabajo en la postproducción de “Zorra”, que va siendo, será, mi decimocuarta película, siempre en territorios hardcore.


¿Te sentís un autor, dentro de tu género, con una búsqueda estilística y temática propia?

Siento que cada una de las películas que realicé, con todo y sus carencias a cuestas, son respuesta a las ansias, a la necesidad  hecha deseo en mí, de proyectar la propia mirada en el ejercicio de narrar las diversas, cambiantes instancias de mi interfaz con el estar del mundo.  En este sentido no busco ni pretendo originalidad, sino autenticidad; diría más, esto último en realidad no se procura, sino que se desprende grácil, liviano, cuando se intenta el despliegue sensual para que el cuerpo que somos se líe inextricablemente con todo lo que existe por fuera de los límites difusos de nuestra carne.  Y es así que esta tentativa plasmada en cada film, en la faena que fuera, es el nodo crucial que hace la diferencia, más allá de talentos y calidades, entre aquella materia creativa resultante de una dedicada entrega amorosa y la que es consecuencia del desdén o la ruindad espiritual.
Mis modestas películas son producto entonces de mis necesidades, de mi anhelo y de mi querer; no intento agradar cínicamente a nadie cuando las llevo a cabo, y estoy seguro es ésta la única manera de poder ofrecer algo aunque sea mínimamente valioso y honesto al otro que recepta.


¿En qué momento de tu filmografía sentís que encontraste una voz propia y peculiar (particularmente yo veo un quiebre importante en “La Zona Cautiva”)?

Si eso ocurrió no tengo la menor idea acerca de cuándo.  Mi sospecha –o  a lo mejor lo que prefiero urdir como ficción autocomplaciente- es que no hay un momento preciso, señalable, sino la descripción de una trayectoria siempre en curso en la que tal vez pueda vislumbrarse la aparición paulatina de ciertas marcas de estilo, que a la vez se funden inextricablemente con las temáticas elegidas y los encauces formales con que fueron abordadas –estos dos últimos ítems sólo disociables a los fines del análisis-, y luego, claro, una mayor pericia –en la medida en que la batalla contra mis torpezas me lo ha ido y me lo va permitiendo- en el manejo del lenguaje fílmico y sus circunstancias generales.


¿Te inclinás a la improvisación o tenés todo guionado?

Generalmente trabajo con una mixtura entre ambas modalidades: un guión con un grado sensible de labilidad para dar lugar a la repentización, más que a la improvisación, del decurso sexual que va obrando en cada una de las jornadas de rodaje del proyecto de que se trate.  Por otro lado, no está de más acotar que esta flexibilidad del guión varía de acuerdo a las demandas y singularidades de cada film, y que hubo ocasiones en que, por idénticas razones, he trabajado simplemente a partir de una síntesis argumental, de una serie de pautas e incluso de una idea de la que partir.   Distintos medios para distintos fines.


¿Qué podés decir acerca de la discriminación que sufren las personas dedicadas al género?

No veo gente tan sufriente en el porno; en general, claro.  Cierto que hay la mirada desdeñosa o sancionatoria de los sectores más conservadores de la sociedad y  también de las zonas más reaccionarias de nuestro propio espíritu en tanto individuos.  Pero la enjundia de estos brotes represivos ha mermado sensiblemente en los últimos años, y además, todo hay que decirlo, los discursos más cerriles acerca de la cuestión sexual suelen provenir justamente de la usina de producciones autoemuladas del porno mainstream internacional, cuya realidad y condiciones, por otra parte, son ostensiblemente otras respecto de las del género en nuestro país, que parece estancado en una eterna fase larvaria, aun cuando tuvo oportunidades concretas de crecer y pequeñas primaveras desbaratadas.



¿Hay alguna diferencia entre la actuación para cine porno y la prostitución?

En ciertos casos se parecen bastante, pero eso depende del cine porno al que estemos aludiendo.  No debemos olvidar que, aunque su avasallante versión establecida pueda tentarnos a pensar lo contrario, hablamos de un género en el que la diversidad está presente, por lo que detrás o a los costados –por fuera del centro en todo caso- del imaginario generalizado o el interminable loop de su cara más vista, habita una pluralidad de voces y miradas que deben ser tenidas en cuenta a la hora de pensar el espectro que abarca el condicionado.
En mi experiencia personal, lo que el actor porno lleva a cabo –y eso pretendo y hacia allí empujo cuando filmo- es la puesta en escena/pantalla de una conmovedora generosidad al servicio de un objetivo que no deja de ser representacional, claro está, y en el que entra en juego uno de los estratos más delicados y sensibles con el que pueda tratarse en territorios humanos: me refiero al desnudamiento erótico primordial que el intérprete encarna a través de su intervención en función del film. Actores y actrices necesitan y merecen de toda la contención que nos sea dable proveerles, al menos como una mínima devolución ante semejante muestra de amor –en el sentido de máximo esmero prodigado a algo o a alguien- en instancias de una tal y frágil intimidad. Cierto que el propósito es convocar al goce y no al mero acto, y que entonces el placer suele apersonarse con formidable potencia en la experiencia dramática, tan cierto como que ese placer será directamente proporcional al temor provocado por su propia cuantía y por la caída de velos represivos que el proceso pudiere conllevar. De este modo, el actor se ofrenda casi como prenda sacrificial para vehiculizar esa misma confrontación interna en el receptor y –doble operación- tender el puente de comunicación entre éste y el director. Pequeña gran heroicidad cuando esta pirueta se concreta, lástima que en general la devolución de los propios realizadores, productores e incluso buena parte del público no guarde la más mínima estima para con el más noble de los integrantes de la voraz cadena alimenticia del hardcore.   

 

REPREGUNTAS

¿Cuál fue esa pequeña primavera del porno argentino y cómo se desbarató? ¿Podés señalar referentes estilísticos del género en Argentina, con virtudes y defectos?

Se dio entre 2004 y 2006, aproximadamente, a caballo de la estabilidad económica y las ventajas cambiarias en relación a los mercados internacionales, luego de superada la aguda crisis de fines de 2001, con su crack financiero e institucional a cuestas.
Las nuevas condiciones, bajo cielos más templados y con el formato DVD todavía en auge, hicieron que creciera considerablemente el  número de producciones locales, la demanda interna y externa, e incluso propició el arribo constante de unidades de producción/dirección de compañías extranjeras grandes, medianas y pequeñas, atraídas básicamente por la relación peso argentino/dólar-euro.
Sin embargo, y condensando, la ausencia de intenciones de riesgo por parte de los sellos patrios, sumada al desembarco de una cantidad importante de paracaidistas de toda laya disfrazados de realizadores porno puestos a vender infinidad de baratijas triple x sin el más mínimo atisbo de calidad en cualquiera de sus sentidos, logró finalmente malograr una buena posibilidad de dar un paso adelante en lo que por aquellos años era una suerte de protoindustria y cuya condición bajo estos términos no ha variado un ápice, o más bien lo ha hecho para decrecer, al calor mortífero de ciertos factores que enumeraba en respuesta a preguntas anteriores: eclosión de la Red, esplendor de la piratería, otoño –ya casi invierno- del mencionado formato DVD, resurgimiento del porno amateur made in casa… un compuesto demasiado complejo que bien podría haber encontrado mejor parado al género por estos lares.  Una pena, pero también un desafío: ahora hay que repensar las estrategias bajo esta nueva geografía.   
En cuanto a la cuestión de la existencia de referentes dentro del porno argentino, la figura de Víctor Maytland es insoslayable. Sin contar la realización de porno clandestino, mucho más añeja, claro está, Maytland fue el primero que plantó bandera en terrenos hardcore en este país.  No es poco.  Sin embargo, la empatía de este servidor para con su obra es nula.  No me agrada lo que sembró en sus años de solitario jinete porno, ni lo que intentó después.  Es un corpus advenedizo y ramplón que ha desfilado por la comedia y las parodias al estilo hermanos Sofovich de los ‘70 (maltratando sucesivamente a Los Picapiedras, Los Simpson, Las Tortugas Ninja, etc.), el (s)exploitation liso y llano (los secuestros express, la cumbia villera y cualquier elemento cinematográfico o extracinematográfico que estuviera en el candelero de turno), luego el intento por asimilarse al mainstream internacional y así ad infinitum.  No he visto sus trabajos más recientes.  No obstante, hay ciertas marcas de estilo que lo vuelven reconocible, y en esa dirección el intento de abordar cada película con la intención de narrar una historia, por lejano que pueda  estar yo de ellas en cuanto a formas y temáticas, me resulta, cómo decirlo, querible.
Sin embargo hay otra figura, mucho menos conocida y probablemente tanto más estimulante, de trayectoria paralela a la de Maytland pero a nivel subterráneo.  Hablo de Marcelo Vignera, a mi modo de ver un realizador vigoroso y personal, retirado hace varios años y dueño de una obra que merece ser revisada.  Tallado en condiciones hiperamateurs, su corpus fílmico –extenso y difuso, elaborado íntegramente en VHS-, aborda una forma que él mismo define como “policromía de la fealdad”, un desfile de cuerpos desestilizados, ancianos, obesos, en medio de narraciones que nos hacen dudar a cada instante de su carácter documental o ficcional... su saga "Madre e hijo" reviste directamente interés antropológico, si no conocés los hechos de primera mano, es difícil saber si la abuelita que protagoniza esa saga con Marcelo, es o no su madre(…).
También hay personajes de aparición más reciente, como Tony Panero, quien si bien está haciendo sus primeras armas dentro del género, trae consigo una experiencia variopinta dentro del cine independiente y comercial nada desdeñable.   En su caso, observo con alegría cómo evoluciona film a film, aun luchando contra presupuestos magros y condiciones en las que a muchos se les haría imposible dar a luz una película digna.  Su horizonte se llena de promesas como realizador triple x.  Por otro lado, actualmente está acometiendo una ardua, laboriosa tarea en su web (http://www.tonypanero.com) que constituye un intento lúcido y vitalista de pensar y llevar a cabo estrategias para situarse comercialmente en el nuevo teatro que nos presenta el advenimiento de algunos factores clave dentro del mercado y que mencionaba líneas arriba y al que habría que agregar la pauperización general de la oferta actual de la industria, con la consecuente huida de receptores potenciales que ya no hallan en el porno oficial, convencional,  el goce lúdico que éste supo ofrecerles alguna vez.
Finalmente mencionaría a Alejandro De Marco, que con sólo dos películas en su haber ha mostrado un crecimiento notable apoyado, sobre todo, en el gran cuidado formal de sus criaturas, y a David Bellini, cuya pensamiento agudo y lucidez incontrastable se trasladan fluidos, cómo no, a sus indagaciones cinematográficas.
  

Precisamente, es llamativa la entrega en escena de tus actores y el coraje con que se entregan de lleno a la bizarría, especialmente en las últimas dos películas que estamos exhibiendo, “La Zona Cautiva” & “… y el sábado, sexo”. ¿De dónde los sacás?

Justamente se relaciona de forma íntima y directa con el hecho de no homologar pornografía y prostitución.  No se trata de escrúpulos puritanos, sino del rastreo de una intensidad, una sed esencial que no se corresponde con los mecanismos despersonalizados que implica –y en buena hora por sus trabajadores- el sexo prodigado a  cambio de dinero.  Esta premisa hace que la búsqueda se torne más dificultosa, pero los encuentros también más felices.
Supongo se trata más que nada de una propuesta tendida de encuentro, con todas las resonancias posibles, entre las personas que se acercan atraídas por la idea y nosotros (la tercera persona del plural refiere al puñado de integrantes que da vida a este grupo realizador que hemos dado en llamar LPsexxx y del que soy cabeza visible).
Una instancia de conocimiento mutuo, de tentar un ajuste de deseos y expectativas para embarcarse en una experiencia grupal que requerirá con idéntica necesidad del despliegue lúdico –actuar es ante todo nuestro anclaje libertario en la infancia, es jugar - tanto como de las responsabilidades y los compromisos derivados de sumarse en tanto adultos a un proyecto determinado.    De todos modos es importante aclarar que, mientras estas condiciones se den, poco me importa en ese sentido la profesión u oficio que, por fuera del cine, puedan ejercer los eventuales integrantes de cualquiera de mis elencos pasados o futuros.

 

Hay toda una discusión en curso en los ámbitos académicos acerca de la posibilidad de un porno de género, en el sentido de que podría reflejar un tratamiento igualitario entre los sexos y no la consabida erotización a partir de la dominación del macho. ¿Pensás que es posible todavía (como lo fue en los años de 1960) la práctica de una pornografía existencialmente liberadora? ¿Cómo?

El machismo –la misoginia directamente- domina la escena del porno actual.  Pero no la completa.  Yo no sé si es posible la gesta que mencionás, de lo que estoy seguro es de mi indiferencia ante la eventualidad de esfuerzos tentados en esa dirección. No oteo en mi horizonte de expectativas nada más desabrido que un porno igualitario, pues la vida late en la diferencia y restalla en el contraste.  Sí creo que no debe reducirse toda mirada masculina a machismo –padeceríamos una flagrante miopía entonces-, como también percibo claramente que la visión femenina dentro del género brilla por su lamentable y casi completa ausencia, excepción hecha de los casos más notorios de directoras y productoras en el mercado estadounidense y en menor medida europeo, aunque en la gran mayoría de los casos da igual, pues lo que hacen es replicar las fórmulas reaccionarias de sus colegas varones, que generalmente padecieron por haber sido actrices antes de saltar al otro lado del mostrador.
En fin, que no creo en el sexo como bandera, religión, apotegma o ideología,  lo que me desvela es la pulsión erótica como elemento fundante de la condición humana y su formidable poder expansivo, que da lugar a un atiborramiento de sentidos que delinea nuestra experiencia y entre los cuales uno elige, decide como mejor puede, intentando brindarles la forma de una respuesta que nos resulte útil para vivir.

 

P.S.: olvidaba mencionar, en relación a los posibles referentes del porno argentino, a Marco Torino, cabal representante del gonzo por estas tierras, un hombre que se ha aplicado en imitar el estilo en su versión norteamericana y lo ha logrado con creces, más allá de la lejanía que existe entre su producido y mis preferencias audiovisuales.

 

César Jones, director LPsexxx realizaciones.

miércoles 6 de octubre de 2010.

La Plata, Buenos Aires, Argentina.