César Jones, director de cine XXX platense
“El hastío está devorando a la pornografía como un Pac-Man”

Filed under: Entrevistas, Cine — by Editor at 10:08 pm on Tuesday, September 25, 2007

César Jones se dedica al cine pornográfico desde el año 2000. Cultiva una vertiente con “amor por el relato”. Y afirma que puede “vivir de esto”.


“Tanteé terreno virgen”.

Las enciclopedias afirman que la pornografía nació con la tecnología. Hay daguerrotipos pornográficos de mediados del siglo XIX, y films del género ya se podían contemplar al doblar el codo del 1900. Hasta parece que uno de esas cintas pioneras fue argentina: ‘El Sartorio’. Hoy en día, el porno es una industria fuerte en los países centrales -en Estados Unidos recauda más que los estrenos de Hollywood-, mientras que aquí todavía está en veremos. Aunque desde hace algunos años, hay directores que se le animan. Entre ellos está César Jones, el único platense, egresado de la carrera de Cine de la Facultad de Bellas Artes y pornógrafo pionero en la ciudad de las diagonales.

¿Cómo llegaste al porno?
Siempre fui espectador de cine porno tanto como de otro cine, y a la vez fue un proceso del cual yo fui consciente en retrospectiva, me daba cuenta de que con el grupo de amigos y a futuro colegas, coequipers, ahí en la facultad, emprendíamos proyectos que eran curriculares, y también otros que no lo eran, en los que había un modo de trabajar que parecía incluir las técnicas del género, la mirada del género, las formas, la forma obsesiva en que la cámara puede recorrer los cuerpos, los modos de iluminación, cierta manera de pensar el fluir de la secuencia. Era la puesta de un posible film porno pero todo aquello que aparecía encuadrado en pantalla lo excluía a la vez, o sea, ni siquiera eran films que tuvieran un contenido certeramente erótico ni nada por el estilo. Era como un retoño inconsciente que iba emergiendo de a poco, primero desde las márgenes, desde el detrás, y en algún momento, por estas causas, y otras que uno ni siquiera puede sospechar, surgió el chispazo eléctrico en el cerebro y se hizo verbo. Alguien dijo, quizás fui yo, no me acuerdo, “hagamos una porno”. Y a nadie le pareció una idea descabellada que venía producto de un rayo cósmico. Nadie se puso a pensarlo demasiado, pero sonó como que había llegado en un momento completamente natural y esperable de alguna manera. Así que nos embarcamos en esa primera película (‘Las fantasías de... Sr. VIVACE’) y entramos en una especie de cápsula espacio-temporal, dejando de tener contacto con el afuera. No teníamos aspiraciones, no nos alentaban expectativas económicas, ni futuros comerciales, ni trayectorias posibles ni negocios. Nos excitaba la idea, desde todo punto de vista, entre otras cosas por estar abordando un terreno, valga la palabra, completamente virgen y más aun en una ciudad como La Plata. En Buenos Aires incluso ya había gente haciendo porno. Básicamente, la única persona haciendo porno con cierta continuidad era Víctor Maytland, que lo sigue haciendo al día de hoy. Pero es un porno, un tipo de forma de ver el género, la vida al fin y al cabo, con el que nosotros no sentíamos ninguna empatía. Entonces, como no nos aportaba ninguna referencia, sentíamos como el empezar algo, una instancia desde el grado cero absoluto, y eso era muy estimulante.


“El solo acto lo único que asegura es el sopor, la muerte, nada.”

Como espectador del porno en general, ¿qué influencias tuviste en ese momento?
En ese momento deben haber afluido en mí un montón de marcas que han quedado. Pero eran marcas más bien ciegas que yo remontaba, en el sentido de que al momento de mi primera película no tenía una conciencia o un saber referencial tan claro como al que después me volqué. Había visto mucho porno pero no tenía una información decodificada de directores, de períodos históricos y demás. Era una información anárquica de haber visto mucho. De lo único que sí teníamos conciencia, aunque ni siquiera nos sentábamos a teorizarlo, era que lo que queríamos hacer tuviera un esmero y un amor por el relato de lo que se está narrando en función erótica, no para intelectualizar el género sino para repotenciar lo erótico. Es decir, naturalmente y sin entrar en ningún tipo de impostura nos alejábamos de las propuestas gonzo (porno sin argumento alguno) que despojan al sexo de cualquier otra dramaturgia, y que nos parecía, y a mí me sigue pareciendo y cada vez más, un signo del hastío que devora el género como un Pac-Man. Hoy es casi milagroso encontrar films, o más aun, directores que busquen algún esmero no ya por el argumento, sino en sentido general por el relato.

¿Hay una búsqueda del acto sexual y nada más, sin ningún tipo de contexto?
Exacto, es la búsqueda del acto, de la gimnasia sexual, pero no hay una búsqueda del goce desde dentro y hacia el espectador, sino del acto. Y el acto está asegurado. En la última de las instancias, en la más farragosa de las instancias, la mujer ofrece sus orificios, o el hombre si es una película bisexual o gay, y el hombre que haga las veces de activo, en última instancia no tiene más que ingerir un Viagra o cualquiera de sus genéricos y se acabó la historia. El acto está asegurado. El solo acto lo único que asegura es el sopor, la muerte, nada. Entonces el desafío dentro del género pasa primero por conocerlo. Yo, a medida que iba haciendo, empecé a interesarme más y más por el género, hacia los costados y hacia atrás, pero de una manera mucho más consciente que antes, y a leer críticas sobre porno y demás, y a conocer sobre los períodos históricos que fue atravesando el género: es arrojar un poco de luz sobre lo que está sucediendo, y además conjeturar sobre en qué lugar de ese mapa uno podría llegar a ubicarse.

¿En qué año hicieron la primera película?
La producción y el rodaje ocurrieron durante el 2000. La película se editó comercialmente hacia abril, mayo del 2001.

Es la época en que ya había hecho eclosión el tema de Internet, pero ahora se ha multiplicado.
Sí, exponencialmente.

Ahora hay muchas páginas web amateur, gente que se filma a sí mísma con sus camaritas digitales. Eso, ¿beneficia al porno o te parece que le saca espectadores?
Me parece que hay nichos suficientes para todas las ofertas, porque incluso el entrecruzamiento es más lábil, más difuso. Es decir, el porno concebido de manera tradicional, por decirlo de alguna manera, también se ofrece vía Internet y los usuarios también acceden a él por esa vía. Y por otro lado, esta suerte de ola amateur, autorreferencial, que se ve mucho en sitios como PornTube y demás, y que además tiene su correlato en todas las otras esferas de la vida en lo que puede ser YouTube o los realities que inundan el cable y la tele de aire. De todas maneras, en el punto específico del porno esto ya había ocurrido, obviamente, a un nivel mucho más acotado, cuando a principios de los ‘80 se masificó la tecnología de video. Ahí apareció por primera vez el concepto canonizado de porno amateur, era un concepto punk, “hacelo vos mismo”. Cualquiera que tuviera una cámara de video a mano podía hacer su propia película, lo cual ocurre hoy a niveles mucho mayores con la tecnología de Internet. Sin embargo, en aquel momento, en aquellos ‘80, las consecuencias fueron múltiples. Por un lado hubo como un ‘refresh’, se recargó el género, que estaba empezando a caer en la replicación de sus propios rictus; por otro lado, esa democratización lo que trajo también fue la amplificación de una voz masificada y muchas veces obtusa, y además el paracaidismo que facilitaba muchas veces el hecho de la simpleza de la manipulación tecnológica con la que había que contar para hacer una película. De hecho hoy esto vuelve a ocurrir, ocurren nuevas formas de relato, se generan hechos harto interesantes en esta especie de redemocratización y por otro lado también hay un signo de hastío, de desesperación, el hecho de necesitar apersonarse de alguna manera en la pantalla como si fuera una condición especular que nos devolviera alguna certeza de que estamos. Es un manotazo de ahogado en la marea, en el vértigo de la época. O sea que es un fenómeno múltiple, y no me parece que sea del todo para celebrar ni del todo para lamentarse.
De todas maneras, en el porno tradicional, el que se concibe como película, campea mucho del mismo cuadro de situación. Es decir, hoy la mayoría de los directores lo que hacen es gonzo, y para eso no necesitan demasiado. Necesitan, grafiquémoslo así, dos minipanorámicos, de 500 o de 1.000, y una cámara de video. El resto es una operación comercial: se encargan de conseguir actores y actrices, o no actores y no actrices que se avengan a participar, les pautan un par de posiciones sexuales y ya está.
De todas maneras, es también ese flujo eterno, cíclico, entre lo marginal, lo periférico, y lo central, que está en la historia de la cultura del hombre en cualquier ámbito. Cuando empiezan las primeras experiencias gonzo, allá por mediados de los ‘80, son realmente films muy vigorosos, porque intentan angulaciones de cámara y acercamientos que son casi lisérgicos, muy psicodélicos, desesperados, parecían querer penetrar en el interior de los cuerpos, hay una desesperación por acercarse hasta el límite. De hecho el lente choca contra la superficie de los cuerpos. Se escucha la voz en off de un narrador afiebrado. Y eso, en contraste con la contractura que venía padeciendo ya el género, llega como un aire renovador. Obviamente, ¿la industria que hace?, coopta todos estos intentos vigorosos, los replica y los despoja de todo elemento vital. Y hoy tenemos gonzo desde hace veinte y pico de años y es insoportable.

Todo lo académico en algún momento fue vanguardia.
Claro, y el siguiente movimiento viene a contradecir al anterior, y un tercero a rescatar a aquél ayer denostado. Hoy, igualmente, la historia está mucho más atomizada y como decía Baudrillard, o más o menos, “la realidad estalló en mil pedazos”, y ya este relato que ahora estamos haciendo se desdibuja muchísimo. De todas maneras algo de eso todavía puede visualizarse. En el porno también.

Inclusive, el porno hétero siempre fue mucho más rígido que otras variantes, como el porno gay.
Sí, de todas maneras es tan vasto el horizonte de producción de porno desde que tenemos memoria hasta ahora... Estoy pensando en porno hétero igualmente jugado. Lo que sí ha pasado en general es que a medida que la industria se fue consolidando a nivel internacional las reglas del género se fueron codificando de manera cada vez más asfixiante, todo se va tornando más de hierro, más previsible. Y en esa carrera sin salida a la vista, la búsqueda de algún interés que pueda despertar en el espectador... que sea algo más que un insulto a su pulsión, debe estar en la búsqueda del soterrado erotismo que debe latir en cualquier producción de materia creativa, y con más razón en una producción de carácter pornográfico. Y sin embargo, como han desechado cualquier búsqueda honesta per se, la única apuesta que les queda es duplicar, triplicar, multiplicar lo que ya se tiene. Ya no importa que no suceda nada que nos provoque una conmoción. Pero si hoy era una mujer y dos hombres, que mañana sean cuatro los hombres, pasado sean ocho, la semana que viene que la vomiten; y así hasta un punto sin salida, salvo que, no sé, tengamos un futuro en donde se permitan matanzas en cámara, y las snuff porno se vuelvan legales. Es decir, no tienen horizonte. Tiene que ver con la necesidad de poseer y dañar. Hay un componente que tiene que ver con ese maltrato, que además no se le deja a la ficción del relato como parte de una idea sino que es estrictamente documental e ideológico. Y por ese camino no van a ningún lado. De hecho, los signos de hastío que el género experimenta vienen desde hace rato.
Hace no mucho en una reunión hablaba con un actor o ex actor porno de acá de Argentina, que es la figura señera entre los actores del género, y en un momento de la charla dijo “claro, lo que pasa es que a esta altura ya no se puede concebir una escena entre sólo un hombre y una mujer”. Yo dije “¿cómo que no?” Claro, todo es en función de una ecuación matemática en donde el interés está dado por la mayor participación posible de personajes y por el grado de “extremo” en la oferta. Esto no es más que el rostro muy claro de una desesperación por no tener nada más que ofrecer, y que halla su correlato en vastas cantidades de receptores que se hacen eco. Es la desesperación de no tener otra cosa para ofrendar.


“…como si todos hubieran tomado Rivotril, incluido el camarógrafo.”

Hablábamos de tu primer película. ¿Cómo fue la experiencia de la producción?
Fue una locura. Desde que se concibió la idea hasta que la terminamos, pasó un año. Un tiempo absolutamente delirante para lo que es el género. La hicimos en digital, y eso facilitaba las cosas. Todo era desde un grado cero, una experiencia totalmente novedosa en la ciudad. No teníamos los medios, ni se nos ocurrió además, para hacerla en Buenos Aires, que por ahí como ciudad cosmopolita nos ofrecía un abanico más amplio. Muchas cosas se fueron organizando sobre la marcha. Por ejemplo, el que terminó siendo el director de cast no estaba en principio incluido en el proyecto, su participación derivó de un encuentro casual que yo tuve con él, en la calle; al otro día me llamó y me dijo que ya había empezado a ver gente. Finalmente, bajo nuestra supervisión, terminó siendo el director de cast, entre otras razones porque era el único que tenía tiempo libre y una locación donde poder llevar a cabo las entrevistas.
Las demás instancias tuvieron un cariz similar. Un equipo técnico muy reducido. Eso sí, había una idea de generar en los actores un goce genuino, que era el que nos invadía a nosotros, no sólo a nivel sexual sino fílmico, un goce porno. No se nos pasaba por la cabeza ir a reclutar gente en agencias de acompañantes, esperábamos convocar “civiles” que estuvieran dispuestos y expectantes ante una experiencia de semejante calibre, tanto como lo estábamos nosotros. De hecho ésta es una idea rectora que siempre me ha ido guiando.

¿Fue fácil conseguir la gente?
No, para nada. Como dato bizarro, el personaje que hacía el casting, más allá de ser gay... digamos que su pasión por los hombres era muy sensible. Nuestra intención era hacer una película hétero, o por lo menos que incluyera mujeres. Pero las pruebas en video rebosaban de hombres y no aparecía una chica ni de casualidad. De hecho finalmente él se encargó de todo el cast masculino y la convocatoria de las chicas fue a nuestra exclusiva cuenta.
Ahora estas complicaciones a nivel general se han reducido, ya que la mayoría de los directores deciden transplantar a trabajadores del sexo y afines, ponerlos en pantalla. Lo cual da pie para toda una reflexión posterior, ya que también indica algo para esos directores, una especie de equivalencia para ellos del orden de la pornografía con la prostitución.

Una visión moral.
Tal es así que muchos de estos directores luego se ocultan tras pseudónimos, se niegan a aparecer en imágenes y fotografías, o se llenan de postizos ridículos para aparecer en una entrevista y no perderla, o mandan un testaferro cuando les piden entrevistas de la televisión.
Lo que uno detecta ahí es una percepción vergonzante y una denigración, sobre todo a la parte femenina del elenco, que es ostensible en las películas, y que uno puede inferir que es la misma condición despectiva en la que estos directores, estos productores ubican a la mujer en la vida. Mujer=puta. Por tanto puta, trabaja en la película, y por tanto jamás sería la madre de mis hijos.

¿Y el espectador también piensa eso?
El porno, así como en sus comienzos comerciales fue un género completamente innovador, que era saludado desde otras ramas de la cultura como una alta e impertinente expresión -estoy pensando en las películas de Damiano, en los grandes clásicos del porno-, hoy es un género absolutamente retrógrado en su versión mainstream, y los espectadores mainstream de ese porno institucionalizado son tan retrógrados como las películas que ven. Se buscan y se encuentran allí. De hecho, nos llegan mails del tipo “¿me pasás el messenger de las putas que trabajan en tu película?”. Las putas no: son mujeres. ¿Y los tipos cómo se llaman entonces? ¿Putos? ¿O los tipos que trabajan en la película no son putos porque meten la pija en el culo o en la concha? ¿Tu mujer no es puta, no coge?
De hecho, en este porno institucionalizado hay una compulsión incurable por el sexo anal. Hay una frase que creo que es de Stagliano, que en un encuentro con el escritor Martin Amis -quien escribió un informe sobre pornografía, por lo que se encontró con Stagliano y éste lo llevo a conocer los territorios del género- le dijo “lo que pasa es que coger por la concha es una boludez”. El porno institucionalizado refleja esa compulsión por el sexo anal, por el azote. Es la forma que más refleja la cosificación de sus actores. Todos estos directores toman a sus actores no como personas, sino como objetos. Lo peor de todo es que lo que se pierden -y lo digo ingenuamente, ya que lo que ganan en general es mucho dinero- es toda posibilidad de erotismo -consecuencia de la deshumanización-, que debe ser el vehículo de una película porno para lograr posteriores reflexiones y turbaciones en nosotros. La excitación no es el fin de una porno, como muchos piensan ingenuamente. Cuando una porno funciona, la excitación debe ser el vehículo eficaz. Pero luego deben venir otras resonancias a partir de eso, básicamente sobre el sexo en nuestra vida.
Otro tema es el beso. En otra entrevista me preguntaban qué diferencia encontraba entre el porno gay y el porno hétero: el beso, como señal de una corriente de afecto y hasta de camaradería, es común en el porno gay y en el porno hétero mainstream desaparece de la imaginación de los directores. Salvo que sea entre dos mujeres, y ahí está al servicio de la fantasía lésbica machista.

Una vez que la película estuvo terminada, ¿cómo fue el proceso posterior?
No cambiamos nada. En el proceso tampoco fuimos sabiendo. Nos encapsulamos en la realización y luego en la edición, y recién cuando tuvimos el master en la mano, dijimos “ahora vamos a investigar”. Sabíamos que había varias productoras porque Maytland sacaba películas, entonces algo tenía que haber. Nos pusimos a buscar qué productoras y qué distribuidoras había en Buenos Aires. Hicimos un relevamiento y nos encontramos con que había cuatro o cinco. Ingenuamente dejamos un trailer, que era casi una película. Duraba 45 minutos, algo delirante. Teníamos tal enamoramiento con la película que nos parecía que todo tenía que ser incluido en el trailer. Como anécdota mísera, nos enteramos después de que una de estas distribuidoras se procuró ese trailer, armó un arte de tapa y la vendió como película propia. La cuestión es que todas las distribuidoras se interesaron por la película, algo que no esperábamos. Claro, viéndolo hoy a la distancia, sólo estaban Maytland y algún director espasmódico, que hacía una película y desaparecía, y de pronto les ofrecíamos una película, que de pronto habría que verla y analizar cuáles son sus cualidades y sus defectos, pero sí seguro había un esmero en el hacer, se había realizado con un amor que se traslucía de alguna manera. Nos llamaron todos, y nos decidimos no tanto por el mejor postor, sino por el que creíamos como más sólido. Finalmente nos equivocamos de cabo a rabo, y estuvimos más de un año para que nos pagara, ya casi a las puertas de un juicio. Le entregamos un master que rebosaba nitidez, un Beta, y ellos hicieron el multicopiado a partir de una videocasetera superVHS hecha pelota. Salió una película con un grano rarísimo, que algunos han elogiado como si fuese un recurso nuestro. La película quería dejar un registro directo, digital, sin texturas. La iluminación dura, desde los primeros planos ya te dejaba claro que estabas frente a una película porno. Había todas las ganas de presentar con alegría un carnet genérico.
Y bueno, a los tropezones en nuestras relaciones con las productoras comenzaron nuestros avatares. Fuimos conociendo todo tipo de personajes fraudulentos, me tomé todos los malos tragos posibles hasta dar con la gente seria dentro del medio, con la que vengo trabajando desde hace unos cuantos años y varias películas.

Ya con toda esta sabiduría, ¿cómo encararon la siguiente película, ‘El Profeta’?
En realidad, fue al contrario. La segunda película fue cuando más habíamos metido el pie en la ciénaga, porque a la primera le fue bien, en el sentido de que la compraron, que tuvo una buena recepción dentro del nicho de público que podía haber para el porno argentino en ese momento. No nos fue bien comercialmente porque nos pagaron poco y mal, pero la película generó sus ecos, y otra productora nos propuso realizar una segunda película bajo su égida, con producción de ellos y cierta injerencia en la parte creativa y el casting que no nos convencía demasiado, pero a la vez nos seducía el hecho de poder arriesgarnos con el dinero de otro. Era un poco meterse en la boca del león y jugar ahí dentro.
Al final salió un completo descalabro, la película es mala, profundamente accidentado el rodaje, personas que nosotros nunca hubiésemos convocado para el cast, ataques de divismo durante el rodaje rompieron todo clima al que uno hubiera querido propender. A todo esto, los productores iban y venían sobre sus pasos, tomando decisiones y luego anulándolas, y sumando una maraña de confusión y luego de estafa -para poner la cereza al postre-, que terminaron por hacer de esa experiencia una especie de pequeño infierno.
De hecho, en la película siguiente trabajamos para una productora muy chiquitita de unos tipos que estaban salvajemente locos que tenían muy poquita plata y lo único que querían, como aquel famoso dicho de las clase B de los ‘50, era un “no la quiero ni buena ni mala, la quiero en una semana”. Era eso: con tres personas, se filmó en un día.
Como contrapartida, es el sabor del exploitation: hay tan poco dinero que no había ninguna exigencia. La película podía derivarse hacia cualquier lado, argumentalmente, sexualmente… No importaba nada. El casting no fue tal: las primeras tres personas que aparecieron quedaron. La única condición era que queríamos que hubiera una travesti, y la hubo. La película fue un desvarío, pero la disfrutábamos porque era volver al goce lúdico después de tantas penurias y encorsetamientos. También es una película más llena de imperfecciones que de aciertos, pero desde mi visión personal es muy interesante por los confines genéricos a los que llega, no se sabe si es una película porno o una de ciencia ficción ultra trash, completamente desinteresada por cautivar al espectador desde un punto de vista sexual. Sexualmente es una película anémica, bizarra. Los tres personajes, además de que son clones, están en un refugio nuclear. No es una película de travestis, o bisexual, todo simplemente ocurre de una manera casi animal pero a la vez muy desganada, como si todos hubieran tomado Rivotril, incluido el camarógrafo. Para no ser menos, asfixiamos la pantalla con filtros rojizos y anaranjados. Los protagonistas no decían palabra porque se suponía que en el camino del tiempo, los clones habían perdido el habla. La cuestión es que es una antiporno con todas las letras. Si alguien la alquila buscando o demandando algo que “debería” haber en una porno, se querrá matar.

¿Y los productores quedaron contentos?
Cuando llegamos con el master, lo hicimos medio con la cola entre las patas porque sabíamos que habíamos hecho una película extremadamente rara que podía llegar a ser del gusto de tres o cuatro psicópatas y nada más. Los productores eran dos hermanos. Lo primero que nos dice uno de ellos, que era muy exaltado, es: “Espero que hayan hecho algo bueno, nosotros películas de culto no queremos”. Salimos con una frase de ocasión, y empezaron a verla adelante nuestro que era lo que por Dios yo no quería. Y dice: “Hicieron magia, loco. La verdad es que cuando la estaban filmando (porque habían estado dando vueltas en el set, aportando caos, se quisieron levantar a la actriz, era una romería) yo pensaba ‘éstos no saben ni lo que hacen’, y mirá vos”.
Hasta el día de hoy recuerdo esta película con mucha simpatía.

Luego, ¿cómo siguieron?
A partir de ahí hubo un parate. Nos quedamos sin fondos, hubo mucha confrontación con las productoras, sin ofertas para producir, y en eso llegó el crack de fines de 2001, principios de 2002. Aprovechamos ese momento para armar la web de LPsexxx; seguíamos trabajando en lo que fuese posible mientras esperábamos agazapados una oportunidad de volver a filmar porno. El que era mi coequiper en ese momento hizo una película experimental que se estrenó en el Malba. Yo lo ayudé con la postproducción, la musicalización y demás. Aproveché para hacer mi tesis para la Facultad. A la productora de la segunda película le hicimos un juicio, y terminamos ganando.
Se ve que los tipos no querían tener esa mancha en su historial, así que hicimos un arreglo económico y con ese dinero pusimos en marcha nuevamente la rueda de producción. Ese fue un punto de inflexión en la pequeña vida del grupo.

¿Por qué película van, en este momento?
Estoy terminando la edición de la onceava, ‘Teatro genital’. No son tantas. Eso tiene que ver con el esfuerzo de pre y post producción, con un modo cinematográfico riguroso, teniendo en cuenta el bajo presupuesto como factor. Esas etapas de pre y post son muy largas, comparadas con otras del género.

¿De dónde te vienen las ideas para hacer una producción porno? ¿En qué te inspirás?
En mi caso, yo no tengo una conjetura demasiado sólida. No sé si hay una forma en que nacen mis ideas para una película. Obviamente tienen que ver con mi imaginario sexual, con lo que me atrae, me turba. El disparador concreto puede ser evocar una mirada, el recorte de un rostro, lo que fuere.
Son infinitas e inciertas las posibilidades, y la más de las veces desconocidas.
No siempre uno está en condiciones de decodificar el origen y las razones de su propia obra. Y lo digo con cierta desesperación.

¿Ustedes viven de lo que hacen?
Hace unos dos años que puedo subsistir con los recursos de mis películas, no muy holgadamente, pero vivo. Cuento las monedas para llegar a fin de mes. En un momento decidí hacer las películas de esta forma, sabiendo que no me iba a hacer rico.
A medida que se fueron acopiando las películas, y yo logré comercializar algunas en el exterior, pude procurarme ciertos ingresos fijos. La mayoría de las películas están en un megasitio con base en Estados Unidos, donde están desde las películas de Rocco (Siffredi) hasta las mías. Los usuarios descargan de ahí y de eso me corresponde un porcentaje. Cada tanto se venden paquetes de películas a Europa y Estados Unidos, más lo que me pagan acá. Con todo eso sumado, tengo un colchón de sustento.


“No siempre uno está en condiciones de decodificar el origen y las razones de su propia obra. Y lo digo con cierta desesperación. ”

¿El porno argentino tiene ya rasgos de identidad?
La industria del porno argentina, si bien se puede decir que está en una fase larvaria, lo está en mucho menor medida que cuando yo comencé. Todavía sigue siendo un embrión, pero dentro de ese panorama el avance es sostenido. Hay más productoras, más directores. Hay actrices y actores con cierta trayectoria. También está el interés de tipo cambiario de las productoras extranjeras por conseguir mano de obra barata, lo mismo que hizo en su momento Private con las chicas de Europa del Este. Es una maniobra de explotación deleznable; blandiendo dólares resplandecientes se sienten impunes para pisotear la dignidad de aquellas personas que contratan. Por otro lado, el porno tradicional siempre se manejó con un ítem que es la atracción por lo “exótico”.
La identidad es un tema crucial y muy complejo. Lo que sucede en el porno mainstream local, es que posa su mirada en el porno hegemónico. No hay un director que quiera honestamente desplegar su mirada, proyectarse a través de una película. Hay, o bien paracaidistas, o personas con un interés netamente comercial. De modo que copian el porno extranjero. Y la prueba de calidad de una película local se mide por su condición de parecido con una película extranjera. La identidad desaparece o aparece de una manera "folklórica" con, por ejemplo, una toma de la Plaza de Mayo, lo cual es una boludez.
Hay algunas obras periféricas, en las que se nota que se respira un lugar, una forma de ser, una historia singular, que proviene de determinado sitio, en este caso Argentina, o Buenos Aires; las otras son desfachatadamente replicantes y extranjerizantes, y en todo caso les falta lo genuino de aquello que copian.

txt/jpgMarcelo Metayer

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