"Pecado Visual" (Revista Sidus). Por Alberto Ojam.

 

El incipiente cine porno argentino cuenta entre sus directores con profesionales convencionales, como Víctor Maytland, pero además empieza a sumar jóvenes cuestionadores,críticos no sólo de los contenidos y los tópicos del género sino     también de su lenguaje fílmico. Trash Meyer y César Jones, por ejemplo, volcaron lo aprendido en Bellas Artes de la Universidad de La Plata en cinco películas porno, a las que definen como “experiencias que nosotros también atravesamos, porque están alimentadas por nuestras propias obsesiones, fantasías y perversiones".
Trash Meyer y César Jones son, en verdad, los nombres de fantasía de Mariano Martínez Paiva y Pablo Sévoli,respectivamente. El primer seudónimo se compone de “trash" (basura, en inglés) y "Meyer" (por Russ Meyer, célebre director y  productor de filmes de sexo y nudismo desde los ‘60, como "Más allá del Valle de las Muñecas"), y el segundo evoca en su apellido a Justine Jones, personaje de un clásico del cine del género, "The Devil in Miss Jones". Pero los jóvenes portadores de esos nombres artísticos aclaran que se rebautizaron así con un sentido de homenaje y por necesidad comercial, no para ocultar sus verdaderas identidades avergonzados por fabricar cine porno.
Con un background integrado por largometrajes (“Carne mía” y "Nunca tan feliz", no inscriptos en la vertiente porno), instalaciones, y con más de cinco años de trabajo en el cine XXX, Meyer y Jones poseen en común una filmografía a la que sintetizan como "cine artesanal, de bajo presupuesto". Se trata de cinco largometrajes condicionados: "Las fantasías de… Sr. VIVACE", El profeta”, "2176. Clones bisex", "Pornumental" y el recientemente finalizado "Euge no duerme", al que Jones describe como "una versión porno, cosmopolita, psicotrónica y en éxtasis del “Alicia en el país de las maravillas” que escribió Lewis Carroll". Una filmografía en la que saltaron desde una película anticipatoria a un psycho-thriller, de ahí a un documental y luego a una ficción casi onírica.

FILMAR PORNO NO ES VERGONZANTE

César Jones y Trash Meyer fueron buenos estudiantes en la Universidad de La Plata, pero parecen no haber cumplido los clásicos mandatos familiares. Apostaron a inventar un cine porno desprovisto de los clichés y la           previsibilidad automática de la industria XXX. La jugada no es fácil. "En rigor -evoca ahora Meyer- después de estudiar juntos en La Plata, pasamos varios años sin vernos, hasta que ayudé a César a hacer una instalación y ahí nació el
tándem creativo. Y cuando filmamos nuestro primer largo porno, nos rebautizamos con esos alias. Nos volcamos al porno por dos lados: uno como espectadores y otro porque nos interesaba jugar con un campo que en la Argentina nos brindaba un espectro muy amplio de laburo, ya que estaba casi virgen y podíamos dispararnos hacia cualquier lado. Sabíamos qué cine porno no deseábamos hacer: ese tan corriente,basado en un sistema de cuasi esclavitud sexual, abusos e    inescrupulosidades varias, hecho por gente que se instaló en ese campo virgen que les ofrecía el porno para asolarlo, no para hacerlo florecer
".
Según Jones, la vergüenza no es un sentimiento que a él y su socio los domine al momento de decirle a los demás que ellos filman cine porno. Reconocen por otro lado que alguna gente se ha vuelto más comprensiva y desprejuiciada al respecto, pero que ante todo no los asalta sonrojo o remordimiento alguno. "De verdad, no es algo que nos haga sufrir -precisa Jones-, al contrario, nos divierte. De movida nos convencimos de que no teníamos que tomar en  cuenta los tabúes. En el caso de la gente más cercana a nosotros, hay una empatía que genera que nadie cuestione nada. Buscamos profundizar dentro del porno, verlo como un género digno y no como una máquina de hacer chorizos".
De todos modos, no se consideran ni pretenden ser "profesionales del porno". También quieren diferenciarse de Maytland, un colega al que "sacudirán" varias veces a lo largo de la entrevista: "No nos interesa hacer una película tras otra; queremos que cada film sea una experiencia y mantenga nuestra mirada sobre el tema. Nos atrae más descubrir y explorar qué nuevos paisajes sexuales se nos presentan por vía de la imaginación antes que aferrarnos a clichés            gastados y repetidos. No nos preocupa armar una trayectoria. Lo que cobramos por los filmes porno nos ayuda a sobrevivir, pero para completar nuestros ingresos cumplimos trabajos de posproducción de video y audio para terceros. Tal vez haya mucha fantasía respecto de que el porno te llena de oro".

EL OTRO LADO DE LA CALENTURA Y EL MORBO

De manera paradójica, una de las cosas del cine porno como producto que más atrae al dúo son sus requerimientos industriales,sus códigos a respetar. "Para nosotros es un desafío fltrar nuestra mirada a través de esas obligaciones", informan. Habida cuenta de que el productor es otro (salvo con "Pornumental", donde se autogestionaron y luego vendieron el material completo), y que la publicidad y la distribución también corren por cuenta ajena, Meyer y Jones deben abocarse a la dirección fílmica. Y allí dicen sentirse "en equilibrio inestable”, como borders entre sus gustos y las demandas de la industria.

Una rama productora muy distante de las industrias tipo es el cine porno: "Acá las exigencias a los directores varían según los productores, en un rubro donde todo es muy embrionario y bizarro”, califica Meyer con una sonrisa irónica. “Hay gente de muy diversa calaña. Una vez nos pidieron hacer todo en tres días, aceptamos y salió algo futurista, con una travesti como protagonista;se llama “2176. Clones bisex”. Hicimos el casting en media hora y filmamos en una tarde con un presupuesto súper exiguo", completa Meyer.
Ahí entra el exploitation del productor: si puso poca plata, pone poco interés en la terminación del producto. Puede haber más dinero en juego para hacer cine porno, pero a César y a mí nos estimula más dejar contento al   productor y seguir nuestro camino; entendemos al porno como un género y a partir de ahí buscamos hacer un antigénero, doblándolo, rompiéndolo y yendo un paso más allá, llegando incluso a fundir el porno con otros rubros. Pretendemos hallar intensidad en lo que hacemos, y no sólo poner sexo explícito en escena. Nos gusta jugar con que la calentura y el morbo del que mira una película porno pasa por otro lado, no solamente por las minas y los tipos perfectos. Lo más         estimulante es que no existe una media del morbo argentino, sino que hay una multiplicidad de fantasías distintas y muy complejas".

UNA MIRADA PROPIA
           
¿En qué consiste esa "mirada" propia que Meyer y Jones buscan preservar en sus filmes? "Yo diría que abarca cuatro aspectos”, contesta Jones. “El primero es que nos oponemos al manifiesto desinterés que sufre el cine porno en su plano narrativo. No pretendemos más rigor por una cuestión intelectual sino para que el relato resulte básicamente correcto. El segundo es nuestro rechazo a la estereotipación de los cuerpos que aparecen en pantalla, una cosificación que se aplica sobre todo al cuerpo de la mujer. Hay ahí una suerte de machismo, una especie de misoginia que rechazamos en lo ideológico y en lo estético, y que cualquiera comprobará que están ausentes en nuestros filmes. El tercero es que  las visiones sobre el sexo que posee nuestro cine son las de Trash y  las mías. Cada película es una experiencia que nosotros también atravesamos, porque están alimentadas por nuestras propias obsesiones, fantasías y perversiones. Y el cuarto y último es que aunque el sexo es un tema subversivo, el cine porno resulta muy conservador en sus códigos fílmicos, profesa por ejemplo un humor rancio, y por eso nosotros preferimos movernos en un estado de  confusión, una especie de labilidad, de metamorfosis permanente".
Tal deseo de resguardar en sus películas la "mirada del director" -suerte de traslado al porno de la "teoría del autor" elaborada por los Cahiers du Cinéma medio siglo atrás-, Meyer y Jones no lo encuentran para nada en Maytland, el más profesionalizado de los directores domésticos de cine condicionado: "Para empezar –asestan- se arroga ser el único que acá filma porno, lo que es injusto para con nosotros y con otra gente. Además, no sabemos cómo hace  para replicarse y autorreplicarse en una, dos, diez películas: "Delincuenia anal 1, 2, 3 y así hasta el infinito".
Reivindicador de clásicos extranjeros del cine porno como "Café Flesh", "Garganta profunda", algunos títulos japoneses actuales y lo que llama "experiencias extremas" de Rocco Siffredi, Meyer asegura que el cine porno no se acaba en la Argentina con "el acusado" Maytland y con ellos. “Marcelo Vignera, por ejemplo,filma en VHS, con muy poca plata e incluso hace actuar a ancianos; Domina Kelly se orienta más a la disciplina y al sado, y la ex actriz Oriana terminó haciéndose responsable de sus propias películas”, pormenoriza.
Meyer y Jones contactan a personas para que actúen en sus filmes mediante un sitio en Internet. En una segunda instancia ocurre una entrevista personal, y a continuación un casting poco convencional, en el que la prioridad no es lo físico del "actor" sino algo más ambiguo, que en parte tiene que ver con el physique-du-rol de los personajes. "El trato es muy cercano, muy inmediato”, detalla Jones. “La idea es que la gente que actúe también quiera vivir una experiencia propia, al margen de que firmemos un contrato simple pero riguroso acerca de horarios, profilaxis, formas de pago".
"Otra idea respecto de nuestros actores -plantea Jones- es que no estén pensando sólo en el dinero, sino que se entusiasmen con la idea de la película y puedan hacer aportes tanto desde lo artístico como desde las prácticas y
fantasías sexuales que más les gusten. Nos importa que su actuación sea un hecho placentero, tanto desde lo sexual como desde lo fílmico
". El cineasta revela que cuando el actor siente que se le pide explayar en la pantalla algo a lo que no se atreve, ha llegado el momento de las "reuniones de caldeamiento", donde directores, actores y técnicos procuran estrechar lazos y superar los obstáculos. Jones y Meyer afirman que sus palabras en rodaje son las mínimas y que se pronuncian casi en un susurro, para no quebrar el deseado cima de trance.
A Meyer no le atrae en absoluto la suposición de que el porno sea “legitimado", que se aposente en un lugar de corrección política. “Al contrario, me gusta que mantenga ese concepto de género sucio y marginal que arrastra. Por eso me enojan esas estilizaciones con que a veces se lo filma en Europa, como para poner al porno en el hall de la familia burguesa".
Con otras palabras, Jones va en el mismo sentido que su socio: "No me interesa que se naturalice el sexo, que se le saque lo pecaminoso. Es un discurso pseudo new age, que le quita todo sabor al asunto. Si sobre algo gira el porno es en torno a la noción de pecado: el voyeur que al mirar está pecando sería el canal por el que pasa el género pornográfico. Me gusta el porno porque soy un puritano y vengo de familia católica".