La solemnidad amonestadora del discurso sociocultural imperante, dios mío, me tiene podrido. Cargarle a Susana Giménez la mochila del crimen de Natalia Gaitán es una canallada de la más baja estofa y un insulto a ambas, pero también a los que asistimos azorados a este festival de mala conciencia, pastores que apostrofan todo lo que se mueve y detectores vivientes de pajas en ojo ajeno. Podrido, gente.

PD: publiqué estas mismas líneas en facebook. Al rato, un amigo de dicha red comentó respecto del asunto y señaló, entre otras cosas, que la "vieja boqueó mal". La que sigue mi respuesta: "La señora no boqueó nada, manifestó un asco que es sensual, no moral -vivimos tiempos de hipermoralidad sobreactuada, temible- y eso no es discriminación ni le pasa de cerca, ese asco es una expresión visceral, del cuerpo, y todos tenemos varias anécdotas para contar al respecto -aunque dadas las circunstancias nos guardemos de hacerlo. Resulta que no somos mejores ni peores que S.G., sólo más cuidadosos frente a la posibilidad de vernos apuntados por un dedo acusador que no deja pliegue sin rastrear en el alma corrompida de los que, vaya suerte, estaremos siempre e irremediablemente en falta".

Y más tarde, a propósito de otro comment que cargaba las tintas sobre la "diva de los teléfonos", repuse: "Lo de Susana es anecdótico -ya fue-, aunque no alzó ningún índice -al contrario, fue la inculpada-, lo que permanece como densa bruma es el estado de paranoia policial hiperbólica en el que estamos inmersos. Por otro lado, colgarnos medallas a fuerza de señalar blancos fáciles no me parece precisamente un mérito del espíritu. Prescribió para mí, ¡señorita!, contrapesaré con futuros posts que traigan y me traigan otras alegrías mientras sigo con lo mío. ¡Besos!".

En fin, no podía dejar de decir lo que siento y pienso sobre el tema.