Lo admiro a Marcelo. Se eleva largamente por sobre la media del mundillo futbolístico.  Por su honestidad, por su inteligencia, por su seriedad, por el intenso compromiso con su oficio, por ser un auténtico maestro y en fin, por la huella benéfica que ha dejado allí donde pisó. Sin embargo, y allende sus éxitos y mérito como DT, creo humildemente tener un argumento, o al menos una pequeña hipótesis, que explica en parte algunos de sus más sonados fracasos deportivos (la eliminación en primera ronda en el 2002 y la goleada sin atenuantes ante Brasil dirigiendo a Chile en 8vos. del último Mundial entre ellos, aunque éste último haya sido soslayado por un conjunto de motivos probablemente atendibles pero sobre los que no me explayaré ahora, a riesgo de extenderme al infinito).  Pues bien caballeros, en mi opinión ocurre que Bielsa es… un moralista que orilla el fundamentalismo (¡orden en la sala!, ¡silencio!), y lo es en términos de balompié sobre todo. Cree, culposo, que si sus equipos no presionaran en el área rival durante los 90 minutos de juego –practicando así no pocas veces una suerte de guevarismo suicidario- su propuesta se abandonaría a la más abyecta ruindad.  Retrasarse en el campo cuando las circunstancias así lo aconsejan, retener el balón, rallentizar el juego, abroquelarse para salir de contragolpe son para el Loco signos inequívocos de ética dudosa y especulación inaceptable.  Existe un solo camino transitable para él: frontal, franco al 100% y libre de toda opacidad.  Ah, pero si ya escucho el canto de sirena de todas las utopías… y allí va, embriagado por su engaño melodioso, este singular Quijote de la redonda, construyendo laboriosamente complejos, riquísimos, valiosos proyectos a largo plazo para luego estrellarlos en un instante gracias a esta concepción inusitadamente puritana de la estrategia, del fútbol, de la vida. 
Una pena, lo admiro a Marcelo