Podría decirse que están en la mesa de junto, casi entre nosotros. No son demasiados, pero de ese ciberdomo hardcore en el que miden sin pausa el tamaño de sus miembros figurados –también ellas- emerge un griterío asordinado que mueve a la eventual curiosidad. Algunos dicen dirigir películas –no se sabe realmente quién es quién allí-, otros espectarlas con ojo avezado, e incluso en medio intenta colarse inadvertido un obeso vendedor de rancia mercancía, cuya esperanza permanente es la de confundirse en el entorno y desde allí ejercer su inconfesable arte sin temor al linchamiento. Unidos aun en la discordia contingente, conforman una cofradía cuyo pilar indestructible es una suerte de fe incondicional, casi tanto como la crispación su marca de estilo... Sin pausa, juegan a entregarse mutuas dosis vencidas de ligero cinismo, que repasan complacidos y replican complacientes una y otra vez; cada posteo trae el peso irrevocable de un decreto-ley, sacro, retroactivo, inconmovible. Dentro de este sistema que rotula entre justos, santos y pecadores, algunos son rápidamente entronizados e incluso, resultando insuficiente tal unción, pasan a ocupar las más altas esferas de la jerarquía, transmutando y lejos ya entonces de lo humano, demasiado humano. Otros no corren con esa suerte y arden sin contemplaciones en el fuego rechinante del averno. Un tercer grupo de entre los juzgados fluctúa en el limbo indiferente, con chances más o menos empardadas de derivar hacia uno u otro nicho. De todos modos, hay momentos de emoción impagables. Por ejemplo, en ciertas ocasiones alguna de las divinidades decide descender al llano informático –lo cual la eleva aun más en su pía condición-, y en un gesto que marca a las claras la grandeza de espíritu que acabó por distinguirla de los simples mortales, se digna no obstante a compartir algunas horas entre ellos, obsequiándoles generosamente con su palabra, pensamiento, obra y reflexión. Los feligreses, tras librarse de una perplejidad primera, razonan exultantes: “¡y además no se la cree!, ¡miren, vean!”. Un goce extático los invade, la admiración humedece varios pares de ojos (aunque algunos tienen uno solo), pronto se suceden casi a coro los “¡Genio!”, “¡Maestro!” y loas de similar especie. Él, entretanto, irradia de continuo su beatífica sonrisa y, comprensivo, les platica sobre la, en definitiva, pequeñez de sus celebrados logros, advirtiéndoles asimismo respecto del peligro de sobrevaluar su humilde obra, para regalarlos finalmente con dos o tres bienaventuranzas que los fieles se beben desbordados de gratitud. Luego, una leve imposición de manos, el saludo en ascensión y la figura perdiéndose en las brumas, dejando a sus pies una ristra de cabezas –humanas, casi humanas- implorantes en dirección de la bóveda celeste. El número de la humildad de los grandes en una variación excelsa, ¡¡¡bravo, bravo!!! Sin embargo, no todo es dicha y bendición en esta extraña arena; ciertamente hay días en que los cielos oscurecen y remolinos terrosos invaden la electrónica comarca. Son los condenados haciendo oír su amarga queja, reclamando un juicio justo, la nulidad del precedente si lo hubo, cuando no desatando su alarido incontenible contra un, se sabe, exasperado y susceptible tribunal. Error. Si cabía la ínfima posibilidad del perdón, acaban de dilapidarla. Idiotas. No es con diatribas que se ganarán nuestra clemencia, sugieren los severos magistrados, sino a través de un sostenido, sincero y gallardo mea culpa, que quizás, sólo quizás, morigere la pena justicieramente impartida en su momento. En fin señores, que no es fácil vérselas con este Dr. Zaius versión múltiple, emulado e implacablemente inquisidor; mas a diferencia del necio original, no tan sapiente por cierto. No obstante y para ir cerrando que me hastío, lo más atrapante de esta suerte de culto pornomático es la tabla de creencias y restricciones dogmáticas que cimienta todo cuanto sus singulares miembros aseveran sin lugar para la duda, y que en rigor es bastante, no vayan ustedes a creer, por piedad.
De momento, intentemos una breve enumeración en forma de caprichoso y a la vez pertinente decálogo:

1-El porno argentino es, en general, malo.

2-No harás cuestionamientos respecto de lo que se entiende por “porno argentino”, tampoco por “malo”.

3-El porno extranjero es, en general, bueno.

4-No harás cuestionamientos respecto de lo que se entiende por “porno extranjero”, tampoco por “bueno”.

5-El porno argentino bueno, es el que replica al porno extranjero bueno.

6-Una buena película porno debe, para merecer tal calificación, contar con chicas lindas.

7-No harás cuestionamientos respecto de lo que se entiende por “chicas lindas” y presupondrás un canon de belleza único y concentracionario.

8-El buen porno es aquél que se reduce a lo que debe ser: un buen garche.

9-No harás cuestionamientos respecto de los beneficios de una tal reducción ni de lo que se entiende por “un buen garche”.

10-El sexo anal es la práctica basal sobre la que se edificará todo buen film porno heterosexual*

*sería interesante confrontar esta viva defensa de la compulsión por azotar esfínteres con las reflexiones que al respecto desgrana cierta corriente teórica psicoanalítica de raíz freudiana. No creo agradarían mucho sus revelaciones a nuestros exaltados creyentes, que no destacan precisamente por acuñar un vasto horizonte de expectativas en materia sexual. Para los más herejes sugiero la lectura de “Las malas palabras”, de Ariel Arango (ediciones Legasa, 1983), muy elocuente sobre el particular.

Y ahora me voy a la pileta, aunque… caigo en la cuenta de que no tengo. Bueno, al menos en 100 años nadie podrá mancillar mi nombre tildándome de esclavista.

 

César Jones, 15 de enero de 2007.