Estuve en la marcha; en La Plata, mi ciudad. Llovió muchísimo y yo sin paraguas. Al menos no era el único. Me quedé hasta el después del final, obligado por la lluvia que no cesaba. Hago un repaso por la timeline de facebook y el contraste me resulta inentendible, a pesar de todo inentendible. Durante la movilización y en mi experiencia, no hubo un solo insulto, ni agravio, ni destrato al gobierno, ni en voz alta o por lo bajo. Fue una concentración pacífica y sus necesidades muy otras, e insoslayables: un episodio gravísimo de toda gravedad nos empujó a muchos a confluir en un silencio que, como comentaba más temprano, no fue de cuartel sino de recogimiento. Vuelvo a la recorrida por facebook y no puedo entender tanto ahínco en descalificar(nos) a todos los asistentes mediante todos los golpes bajos imaginables. En vano. Sin embargo y quizás por eso, no llega a molestarme; fue una jornada de las que no se olvidan y yo, tal vez quitándole clímax a cierta canción emblema de cierta cremosa banda platense, me volví caminando, empapado, charlando con un pibe que conocí cuando, junto a varios otros, nos refugiamos de la tormenta bajo los pórticos de la catedral. Llegué a casa y Nisman no dejó de estar muerto ni el atentado a la AMIA de estar impune; sin embargo, la sensación es la de haber dado un paso adelante; el que se da cuando se dice NO, como acto primario de rebeldía frente a la servidumbre voluntaria, la impunidad y la degradación de la vida en común. No es poco. Que duerman bien.