Gente de veinte, treinta y cuarenta años (los seniles son otra cosa) pensando higiénicamente idéntico, citando las mismas frases hechas, ignorando a los mismos autores, sin un ápice de rebelión en sus venas (mientras apoyan un poder al que pretenden resistencia), tragándose todos los sapos, defendiendo o callando lo indefendible, criaturas con educación universitaria entregadas lisa y llanamente a la servidumbre voluntaria -no sin réditos, claro; grandes o pequeños, tangibles o sutiles- de un modo tal que me resulta incomprensible, o más bien inaprensible, por portar el fenómeno una carga de ironía muy difícil de mensurar.
En cualquier caso, hela aquí: es la pesadilla del embrutecimiento cultural, y llegó para quedarse. Salúdenla.