“-Eh, Ryu, no eres más que una muñeca, nuestra muñequita amarilla, podríamos dejar de complacerte y acabar contigo ¿sabes? –dijo Jackson con su voz suave, y la negra se rió con tal fuerza que me dieron ganas de taparme los oídos. Su voz parecía una radio distorsionada a todo volumen. Se reía sin parar el movimiento de sus caderas, y su saliva caía sobre mi vientre. Besó con la lengua a Jackson, mi polla saltaba en su interior como un pez agonizante. El calor de su cuerpo resecaba mi cuerpo, parecía reducirlo a polvo. Jackson me metió su caliente polla en la boca seca, un pedernal caliente cauterizando mi lengua. Mientras me la metía y sacaba de la boca, él y la negra cantaban una especie de espiritual. No era en inglés, no podía entenderlo. Era como sutra con ritmo de conga. Cuando mi polla tembló y estaba a punto de correrme, la negra levantó las caderas, metió su mano entre mis nalgas e introdujo un dedo tieso en mi culo. Cuando vio las lágrimas en mis ojos, metió el dedo aun más profundo y lo hizo girar. Tenía un tatuaje blanco en cada uno de sus muslos, un burdo retrato de un Cristo sonriente.
Apretó mi polla palpitante, luego se la metió en la boca hasta que sus labios casi tocaron mi vientre. La chupó toda, lamiendo, luego atacó el glande con su lengua áspera y puntiaguda, como la de un gato. Cuando estaba a punto de correrme, apartó la lengua. Sus nalgas, resbaladizas, brillantes de sudor, me encaraban. Parecían lo bastante aparatadas entre sí como para irse cada una por su lado. Extendí una mano y clavé mis uñas en una nalga lo más fuerte que pude. La negra jadeó y movió lentamente el culo de izquierda a derecha. La gorda blanca se sentó a mis pies. Su coño negro-rojizo colgando debajo de unos fláccidos michelines me recordaba a un hígado de cerdo partido en dos. Jackson la agarró de las enormes tetas y me apuntó con ellas. Meneando las tetas, que ahora le caían sobre la blanca barriga, ella me las acercó a la cara y me las pasó por la boca, los labios separados por la polla de Jackson, y se rió dulcemente.
Cogió una de mis piernas y la frotó contra su pegajoso hígado de cerdo. Los dedos de mis pies se me encogieron, era tan asqueroso que apenas podía aguantarlo. La tía despedía un olor como de carne de cangrejo podrida y yo quería escapar. Tuve una arcada y sin querer mordí ligeramente la polla de Jackson; él soltó un grito terrible, la sacó y me dio un puñetazo en la mejilla. La tía blanca se rió al verme sangrar por la nariz; “Ay, qué espanto”; se frotó el coño aun con más fuerza contra mis pies.
La negra me lamió la sangre. Me sonrió con gentileza como una enfermera de batalla y me susurró al oído:
-Prontito vas a explotar, cariño, vamos a hacer que te corras.
Mi pie derecho comenzó a desaparecer dentro del coño de la gorda. Jackson me metió otra vez su polla en la boca, mis labios estaban cortados. Desesperadamente traté de reprimir las náuseas. Estimulado por mi lengua resbaladiza y sanguinolenta, Jackson disparó su caliente papilla. El pegajoso fluido bloqueó mi garganta. Escupí entre arcadas una mucosidad rosácea, mezclada con sangre, y le grité a la negra:
-¡Quiero correrme! “.

Fragmento de “Azul casi transparente” (Ryu Murakami, 1976).