"¿Saben lo que me gustaría? Que ganemos el Mundial y que lo festejemos con una sonrisa. No se trata de hacerse el nórdico y moderar pasiones. No es ninguna pose que pretende que el hincha de futbol esté a la altura de la vida civilizada. Es un deseo de un futbolero solitario. No soy el único. Hay miles que ven el futbol por televisión, solos, a distintas horas, los distintos días de la semana. Hay decenas de futboleros solitarios por cada hincha que va a la cancha. Luego, en el café o en la oficina, los futboleros solitarios se cuentan el partido para volverlo a ver en el sillón.

Sin gritos, sin cantar “la putá que lo parió le rompimo bien el culo”, que no sólo es anacrónico sino berreta. Sin poner la voz en función de tribuna ni hacerse el grasita diplomado. Prefiero una escena con la sonrisa de las madres y sus hijos en la plaza con camisetitas que digan: somos campeones. Con mi nieto vestido con la diez azul y blanca de Messi que le regalé cuando cumplió seis meses. La alegría de mi nieta que vive en Brasil con su perra Tita vestida con la verdeamarela, esa foto que me mandó por Ipad para ver mi cara de espanto. Hay una saturación de fanatismo. Ya no se sabe lo que es la pasión. Sin duda que nada de lo que pasa en la platea norte de Vélez tiene que ver con la pasión. Es más del orden de la defecación.

No voy a insistir con las imágenes de hinchas del Atlético y del Real mezclados en la platea. No hay ejemplos impolutos, pero no viene mal de tanto en tanto mostrar imágenes de humanos normales, aunque sólo fuere para no perder del todo las coordenadas de la vida en común.

Eso quiero, ganar sin ser ganador, o perder sin ser perdedor. No más el divertimento burgués que se hace un carnaval de fin de semana con el nombre de pueblo".

Extracto de "Entre el hincha y el futbolero", de Tomás Abraham, un ratito antes de que empezara el Mundial. Supongo que imaginan cuánto suscribo.