"Detrás de cada militante rabioso se esconde una triste historia de carácter emotivo", dice un amigo. Agrego: esa herida, que probablemente haya que rastrear en la primera infancia, impulsa a estas personas hacia una metonímica cruzada contra el mundo; es la ciega persecución de un desagravio (para con aquel niño lastimado) que por supuesto nunca llega. No de ese modo, al menos. Con nuestras vidas hacemos lo que podemos, está claro, pero yo creo que el que se emplaza sobre su querer rumbea mucho mejor que el que sólo sabe endilgarle la culpa de su cruz a todo lo que existe por fuera de sí mismo. Ese bramido no logra más que ensordecer a quien lo expele.