Me costó al principio, por la prosa enrevesada y llena de subordinadas que fatiga el autor, pero progresivamente logré deslizarme con fluidez por esos pasadizos y disfrutar de este ensayo lúcido, íntimo, sobre la condición agrietada de toda memoria, su relación con los recuerdos y la distancia irreductible entre éstos y los hechos recordados. Enmarcada en lo que se conoce como "novela judía argentina", la trasciende, no obstante, sin dejar de atravesarla (como hicieron con el mar los padres del novelista, sus amigos y tantos otros que un día llegaron hasta aquí huyendo del Horror).

"Una vez que los perseguidores estuvieron dentro de la cocina, la hermana del perseguido se vio arrebatada por la certeza virtual de que de ahí en más -desde ese momento- sólo restaba tragedia. No habría de haber salvación para ella, como seguramente tampoco para su padre -supuso, sin saber, pero previendo, qué él podría ser ya muerto-, desamparado en el sillón. La hermana del perseguido se encontró de pronto dentro de esa cocina, sin haber podido saltar, acompañada de perseguidores convertidos en los dueños espontáneos de lugar que en los hechos era suyo desde siempre. Las acciones que ella pudo percibir como "coreografía de la destrucción" duraron unos pocos instantes en relación con el tiempo durante el cual se vio expuesta a una gran cantidad de brutalidades y agresiones físicas en general, sin embargo las palpitó con una intensidad emocional distinta -más condensada- que la que sintió por aquellas que vinieron después, ya directamente corporales. Cuando la hermana del perseguido experimentó la fuerza y brutalidad de los perseguidores, cuando ya su cuerpo estuvo a merced de ellos -como si fuera no más que un estadio de la degradación que estaba sobreviniendo-, el temor y la perplejidad retrocedían, se opacaban por la contundencia sedante de los golpes, y adquirían una colocación apartada -replegada dentro de sí misma-, como meros recuerdos de un miedo profundo aunque ya liberado -sesgado, inútil- por la consumación de la amenaza. No había sido ajena a aquella perplejidad y ese terror en el cuerpo y conciencia de la hermana del perseguido la tarea del perseguidor que se ocupaba de orinar dentro del vaso ritual de las pascuas, vaciarlo, y volver a llenarlo. Es que a su conducta -ya de por sí intimidatoria y de una crueldad sin medida- se agregó la sorpresa -asustada y angustiante- de ver un pene -el del perseguidor- absolutamente antinatural para la hermana del perseguido".

Fragmento de "Lenta biografía" (Sergio Chejfec, 1990).