Se indignan por cosas como ésta (el Papa, Macri, la Rolling Stone); se perciben a sí mismos como sangre nueva y savia vital de una sensibilidad superadora. Sin embargo, orillan como yo los cuarenta si es que no los superan largamente. Juzgan los sucesos actuales según valores idealizados del pasado y a las gentes del pasado según valores idealizados del presente: asincrónicos siempre. Así, pueden acusar a Alfonsín de homofóbico por no entender la marcha del orgullo gay en 1983 o ver en Belgrano a un pedófilo porque se casó con una niña en... 1802. Sin ruborizarse, se proclaman voceros de una cultura juvenil que, de existir, los ha dejado atrás hace rato. Gustan de aplaudirse entre sí; en general se complacen en lucir ideas de izquierda, casi siempre difusas, que les hacen sentirse buenas personas, gentes bellas. Creen y pretenden que en las ideologías residen valores humanos per se. Son... sencillamente increíbles, son los nietos que Rodolfo Kuhn no pudo presagiar, no sé qué son, pero antes de que me olvide quiero aclarar que rondar los cuarenta no tiene nada de malo y sí numerosas posibilidades, aunque no creo que el juvenilismo a deshoras sea una de las más afortunadas. En fin, no es que me agrade circular contracorriente, pero a veces intento decir lo que pienso, aun si eso me lleva a circular contracorriente.
[Y esto, supongo, porque en algún momento y gracias a personas mejores que yo, entendí que tomar la palabra y decir NO, es un acto de libertad indispensable]
¿Que no era eso el rock?