“Al fin pude hallar el origen de la alarma, que seguía sonando e iba en aumento: me doy cuenta de que las cosas se han escapado de mi control, que ya no podía entrar y salir a voluntad del sueño; noto que hacía rato –quizá desde que comencé a sentirme prisionero en la caverna rojiza- que me esforzaba por suspender el sueño y no lo podía lograr; no había una clara diferenciación entre el yo espectador y el actor, como si mi conciencia se hubiese trasegado íntregra al actor; pero, por fortuna, no ha sido exactamente así, ya que puedo advertirlo y hacer que el espectador luche por recobrar su yo y salga del sueño. Lo consigo tras un esfuerzo prolongado, pero las imágenes y sensaciones del sueño persistieron un buen rato en la vigilia; las cortinas marrones del viento seguían acariciándome el cuerpo ahí, dentro de la pieza, aún después de haberme levantado de la cama. Me lavo la cara en el baño, y me paso las manos por los pies descalzos y realmente se me llenan de granos de arena, algunos enormes y destellantes, que poco a poco se van desvaneciendo”.

Fragmento de la novela “París” (Mario Levrero, 1980).