Aquellos tres meses fueron los mejores desde que había salido de casa. Puse mi celda cómoda y establecí una rutina rígida. Prácticamente no hablaba más que con el Sordo. No tenía ganas, quería una vida sin complicaciones. A lo mejor está pensando que lo que le dije de estar encerrado en un horno es lo mismo que estar encerrado en una celda. No, no era el dolor-placer de sentirse frustrado. Era un placer más profundo, el de sentirse seguro. De hecho, ahora me acuerdo de que a veces hubiera querido tener menos libertad. Me gustaba la parte del día que teníamos que pasar en la celda. Si nos hubieran obligado a quedarnos todo el día creo que no me habría quejado, lo único es que no habría podido ver al Sordo. Nunca tenía que planear nada. Todos los días eran como el día anterior. No tenía que preocuparme por la comida o el alquiler. Para mí el tiempo no pasaba, como si flotara en un lago. Empecé a preocuparme por tener que salir de allí. Fui a ver al subdirector y le pregunté si podía quedarme. Pero me dijo que cada uno de los de adentro costaba dieciséis libras al día, y que había muchos esperando para entrar. No tenían sitio para todos nosotros.
Así que tuve que salir.

(Conversación con un hombre armario; Primer amor; últimos ritos; Ian Mc Ewan, 1975)