Tú que tienes los ojos como caminos de Dios.
Que los tienes como atardeceres en los ventanales
de mi casa
(ahí, frente a los árboles
que reciben el viento que llega desde el campo).
Tú que tienes los ojos como un Domingo
como uno de esos días esperados desde la infancia.
Que los tienes poblados de sueños
y de cuentos deslumbrantes.
Tú que miras con esa lejanía
con que se miran las cosas supremas.
Tú que tienes esos ojos
dime:
Qué es eso algo triste
que está andando por las calles?
Lo que nos despierta –a veces en
medio del sueño
con grandes lágrimas.
Aquella pesada hoja que cae
y se demora en la frente.
Dime despacio
el nombre del niño de los pómulos violetas
que afronta una mudez aciaga.
Tú que tienes los ojos poblados de cielos
que los tienes repletos de ansiedad.
Repite esas palabras tenaces
-y tan débiles que
llenan las horas sin horas.
Muchacha, repítelas.

Poema del boliviano Ramiro Tamayo, inédito y, según leí en un artículo que ahora no tengo a mano y me da pereza buscar, rescatado del olvido por la prodigiosa memoria de Borges, que se lo recitó a un periodista, también boliviano, en una entrevista en Buenos Aires en los años ochenta.