"El miércoles por la tarde, la invasora desembarcó con una enorme bolsa que me hizo temer lo peor, y aquello sólo era el principio: empezó a sacar ropa hasta nunca acabar, un radiocasete con cd y sus compact discs de traumáticos títulos, objetos con un supuesto valor sentimental y, para colmo de horrores, varios pósters.
-¡Por fin vas a tener una habitación de adolescente!- exclamó Christa.
Y desenrolló sobre las paredes rostros de individuos de cuya notoriedad me había librado hasta entonces y que, en adelante, tendría que padecer. Me prometí a mí misma olvidar sus nombres.
Hizo retumbar en aquel espacio repelentes melopeas con letras cargadas de buenas intenciones y llegó a la aberración de cantar al mismo tiempo que el disco.
Empezaba muy fuerte.
Christa no soportaba escuchar un disco hasta el final: tenía que cambiar continuamente. Aquel proceder constituía una forma de tortura: en efecto, cuando interrumpía un disco, preferentemente en medio de una canción, uno volvía a albergar esperanzas, pensaba que quizá ella misma se había percatado de la indigencia de aquellos decibelios; por desgracia, cuando escuchabas su nueva selección "musical", inmediatamente echabas de menos la anterior, no sin antes amonestarte y esforzarte en apreciar ésta, pensando ya en la que no tardaría en llegar.
-¿Te gusta?- me preguntó tras varias medias horas de suplicio.
La pregunta me pareció ridícula. ¿Desde cuándo los agresores se preocupaban por la opinión de sus víctimas?
¿Hasta ese punto podía yo mentir? Sí.
-Mucho. Sobre todo el rock alemán- me oí a mí misma responder con horror.
El rock alemán era sin dudas la peor de las imposiciones de Christa. ¿Acaso era masoquista hasta el extremo de confesar una preferencia que se correspondía con la cima de mi repugnancia? Pensándolo bien, no. En primer lugar, puestos a escuchar monstruosidades, mejor llegar hasta lo más profundo del horror: tocar fondo resulta menos espeluznante que permanecer en la superficie de la abyección. En segundo lugar, por más repelente que fuera el rock alemán, ofrecía, respecto a los bardos francófonos, una innegable superioridad: las letras no se entendían".

Fragmento de Antichrista, Amélei Nothomb, 2003.