Desconfío de las indignaciones rabiosas, no percibo en ellas el más mínimo sentido empático, sino más bien la excusa para liberar "demonios internos" en nombre de cualquier causa noble y mancillada que ande dando vueltas. Basta con mirar alrededor.

Por ejemplo, si pienso en los niños maltratados del Jardín de San Isidro -pero en ellos, no en "el maltrato infantil" o en "con los niños, no"- entonces lo que siento se parece más al horror, la consternación y el anhelo de reparación. Ahora, cuando nos abandonamos alegremente a las categorizaciones abstractas en tanto coartada para el desfogue, cuando ya no se trata de un grupo de infantes violentados sino de "los derechos del niño", del "abuso infantil", etc. (dejémosle estas tipificaciones a la legislación), en primer lugar se pierde sentido de realidad, y en segundo y por ende tornamos carne para que emerja lo peor imaginable de nosotros: la turba, la barbarie, el ansia de linchamiento, la ira; como si eso fuera a restañar las heridas de esos chicos, como si los fuera a compensar en algún sentido y no implicara, muy por el contrario, olvidarse completamente de ellos cuando más nos necesitan. ¿Qué bien puede llevarles a esas criaturas escalar en la espiral de una violencia de la que ya tuvieron más de lo que uno pudiera concebir e infinitamente más aun de la que ellos pueden procesar? ¿De qué les sirve nuestra potencial furia y venganza? Y es que convertirnos en dominicos inquisidores no nos vuelve mejores que aquellos a quienes pretendemos llevar a la hoguera, sólo nos hunde un poquito más en la ciénaga. A nosotros y a los que decimos querer proteger.

Pienso en Philip K. Dick y en Tzvetan Todorov, dos entre varios que, cada cual a su modo, lo dicen mucho mejor que yo, claro está. Vaya la doble sugerencia en cualquier caso.

Todo esto sin mencionar el total desprecio de muchos por el principio de presunción de inocencia (varios de éstos son los que luego se desgañitan pidiendo respeto por la Constitución, y otros, más consecuentes ellos, los mismos que la violan cada vez que pueden (no vamos a andar escamotenado méritos a estas alturas)).