Es muy tierna y no deja de ser impactante mirar a esta niña, bonita, que al momento de esa toma no tenía idea de los destinos históricos que la aguardaban, y el hecho de que aun hoy, sabiéndolo nosotros al contemplar la imagen, seguimos viendo allí a una criatura de ojos tristes con sus bracitos en jarra y su disfraz de aldeanita. Los misterios temporales de una foto, y el valor que cobra, como decía Barthes, cuando el sujeto fotografiado ya no está: el esto-ha-sido y el esto-es, la reproducción infinita, con su carga nostálgica y patética, de algo que existencialmente sólo ha ocurrido una vez. El retorno del que ha muerto.