Resulta que quiero convencer a una amiga para que interprete una de las varias fases de la protagonista mutante de “Zorra”, mi actual proyecto triple x, que, como algunos ya sabéis, se halla en plena fase de preproducción.  Le telefoneé, no había dormido –yo, claro-, mi discurso no era precisamente sólido y generaba constantes e incómodos hiatos con el éter como testigo.  Previsiblemente, ella solicitó texto vía mail que aclarara en algo mis balbuceos.  Soy un holgazán, pero más aun soy ansioso.  Esto le escribí.

“Hola Natalia, aquí va una breve reseña informal, casi un discurrir en voz alta, escrita de corrido y prácticamente sin corrección alguna, respecto del concepto medular del próximo film.
Bien, la idea tiene como piedra angular el tema de la máscara, reminiscente obviamente de las tradiciones que te mencioné por teléfono y que en algunos casos perviven hasta el día de hoy (Nota de este servidor: me refería a la antigua Grecia, a los carnavales venecianos y a todas las festividades paganas históricamente conocidas), resguardando ese deseo de mutar que propician en el hombre, la posibilidad de habilitar a un otro libertario que yace soterrado en el yo hastiado de los días, esos replicantes lívidos que pasan y se suceden desbaratándose sin remedio. 
Por esto la intención es que la media máscara que se confeccione guarde cierto aspecto de resignada y sensual tristeza –menudo desafío para el encargado de los FX-, que, tentaremos, se funda empáticamente con el medio rostro descubierto y el resto de la figura corpórea de la protagonista. Y es que este fundirse alude a una digresión crucial y reveladora: no hablamos aquí ya de máscara, sino de prótesis, o, mejor, de una singular morfología otra del cuerpo de esta joven. Por ello, y a partir de aquí, encomillaré el término que se propuso como objeto central de estas reflexiones.
Como te decía también en nuestra reciente charla, la trama se emplazaría sobre la noción de que ¿paradójicamente? aquello que identifica a la protagonista en tanto tal –teniendo en cuenta que muta en cuerpo y rostro a lo largo de todo el metraje- es lo que ha construido para guarecerse de la hostilidad diaria de vivir: su "máscara", naturalmente. ¿Su alma entonces?
Sin embargo, lejos estaría el planteo del film de señalar que aquellos pasajes –casi siempre sexuales, y enfatizo el “casi”- en que la "máscara" cae nos invitarían a pensar en una suerte de celebración dionisíaca de la experiencia erótica, como una especie de panacea hecha potencia que redimiría al ser humano de los pesares cotidianos.  Más bien todo ello ocurriría entre marcados signos de interrogación, y en ese sentido los ánimos, traducidos en la gestualidad integral del personaje, proporcionarían signos bastante sólidos de esta puesta en cuestión, dado que no todo sería entrega y delectación sensual durante los encuentros carnales, incluso ya hecho a un lado el aparente embozo. Una vez más entonces, la terca interrogación respecto de nuestra sexualidad: ¿habilitación de un punto de fuga posible?, ¿mero placebo?, ¿recreo tal vez?, ¿un “divertimento” sobrevaluado? ¿o la confluencia inextricable de éstos y otros factores que ni el director ni su criatura están en condiciones de desentrañar, aunque ambos se desvelen intentando desmadejar el sendero hacia una posible respuesta?
De más está decir que, casi por decantación natural, el objeto "máscara", obrando, como ya se ha referido- en tanto prótesis en el cuerpo y la psique de la protagonista, expande previsiblemente sus alcances metafóricos hacia la soledad y el aislamiento comunicacional  en las urbes contemporáneas –pero a salvo de ese supuesto sesgo impersonal que tal recurso suele traer como (dis)valor añadido en buena parte de los innúmeros ejemplos en que se lo ha puesto en pantalla desde que tenemos memoria-, focalizando entonces no sobre la crítica simplista hacia la sociedad de consumo, sino en los efectos de la convivencia "con" e integración "a" ese estado de cosas, con su consiguiente efecto de leve pero continua laceración del espíritu.
Y allí irías tú, niña (ella), entre encuentro y encuentro sexual –aunque exentos de maniqueas compartimentaciones, esperemos-, con tu media "máscara", quizá reflexionando en off sobre lo antedicho –mas con un discurso no tan “puro” y teorizante y sí más ligado a la coyuntura argumental-, entre largas caminatas dedicadas a la gimnasia del pensar –una pequeña filósofa, a su modo, con el deporte insignia del gremio y todo- y nimias acciones cotidianas –compras en el supermercado, introspección citadina, visitas al ciber, llamadas telefónicas, diálogos funcionales o amistosos, etc.-, discurriendo entre la predecible mirada curiosa de los ocasionales transeúntes –tanto como impertérrita la onírica actitud de tus conocidos para contigo-, todo ello acentuando el contraste con el pulso diario de la “normalidad” metropolitana y revelando así el aspecto intensamente subjetivo de la consabida "máscara", que entonces no sólo operaría como coraza y velo represivo, sino también como la apesadumbrada autopercepción de una cierta condición distintiva que no amerita pavoneo alguno, sino que se experimenta como cercana a la del paria.
Dicho lo cual, y temiendo ahora estar siendo aun más confuso que en mi alocución telefónica, doy por concluida esta primera aproximación al planteo del film y a las características centrales de su personaje principal”.

Allí no cerraba el escrito, di también algunos rodeos pidiendo clemencia y enviaba besos con esperanzas redentoras.  Cristo dirá.

César Jones, 7 de abril, 2010.

PS: pensaba también si el hollar incesante de la protagonista en las posibles maravillas del goce que los misterios del sexo podrían proveerle no sería tal vez el inequívoco síntoma y reverso de una flagrante carencia para encontrar el fulgor de la existencia por fuera de lo excepcional.  Raquitismo emocional ¿que le dicen?