"En ese momento entró el Predicador y Pedro salió de la habitación. El Predicador era un enano regordete, al que daba aspecto de fardo un camisón de dormir. Apenas medía un metro. Su cara, aunque endurecida por los años y los excesos, era la de un niño. Su mayor ambición había sido dedicarse al servicio de Dios, pero su exigua estatura fue una barrera infranqueable entre él y la Iglesia. Ninguna Orden quiso admitirlo en su seno. Una mañana, de esto hacía muchísimos años, Mármolo lo descubrió en un mercado, metido en una cochiquera, lamentándose de su mala estrella. Trabó conversación y se quedó asombrado de sus profundos conocimientos en materia sagrada y profana. Mármolo decidió sobre el terreno que el enano venía de perillas a su escuela del dolor. De acuerdo con uno de los lemas de la institución –«Siempre más bajo»- el enano era un hallazgo. Pronto se pusieron de acuerdo. Con lágrimas en los ojos, el enano trepó por la imponente estatura de Mármolo y le dio un beso en la frente".

Virgilio Piñera, "La carne de René" (1952).