No soy filósofo -¿hacía falta aclararlo?-, ni siquiera podría tildarme de cabal aficionado a la disciplina, y mucho menos pretendo erigirme en exégeta del gran Foucault.  Pero ocurre que sí soy, entre otras cosas, un consumado ratero conceptual –shhhhhh-  y desde hace tiempo le vengo sustrayendo nociones al galo de la calva sapiente y reflectante.
El porno mainstream cambia, sigilosamente, todo el tiempo; y cada tanto lo hace de forma ostensible, aunque siempre, claro, de modo inevitablemente procesual.
Pero vayamos por partes.
Yo desdeñaba el gonzo. Así como alguna vez lo visualicé como agente de cambio para un industria que comenzaba a anquilosarse -fines de los ‘80-, del mismo modo empecé luego a reconocer en su expansión autorreplicada la marca de hastío del género -esto entre los primeros estertores de los ‘90 y, aprox., los últimos de la década pasada.  Y entonces dejé de atenderlo. 
Sin embargo, no hace tanto que ese mismo gonzo -aun hoy buque insignia del porno mainstream internacional- estalló en mil pedazos, esquirlas todas provocadas a la vez que catalizadas, factores más/factores menos, por ese dispositivo-mundo llamado “la web” al que todos nos mudamos un día sin que hoy podamos recordarlo más que brumosamente.
El caso es que apenas un poco más tarde y por un ratico, fui yo mismo quien abandonó la rueda del hámster y me vi en retrospectiva y al día de hoy mirando cínicamente videos cortos compartimentados por temática (de descarga gratuita o paga), fascinado por la ruptura de estereotipos, el advenimiento de nuevos atrevimientos, la ausencia de rubias siliconadas, las posibilidades del streaming; todo esto mientras (me) lo negaba sistemáticamente, faltaba más [no obstante, me declaro oficialmente redimido en este sencillo pero emotivo acto de sinceramiento semipúblico].
Lo indiscutible es que estaba y estoy bajo el influjo de una nueva potencia, formidable, que veo eclosionar con vigor intenso y brioso desde los –oh paradoja- descentramientos industriales del género -dejemos a un lado, al menos hoy, las pastorales autosituadas por fuera y por delante de la supuesta perfidia disciplinadora del porno... y es que, se sabe, toda época y nicho traen su KKK añadido, pero ése será tema de otro vahído. Lo decisivo es que fue en este punto que se produjo en mí el inesperado enlace que obró sentido, pues, y aunque cueste horrores creerlo, de vez en cuando el que aquí escribe enciende su maquinilla de "soplos pensantes" y exhala alguna que otra idea aislada (la pequeñez e inconsistencia de sus retoños... bueno, ésa es harina de otro costal).
Pero... ¿y Foucault (¿y Candela?)?
Lo sé, lo sé e intentaré explicarme: me refiero a que esa mutación del porno a gran escala que describí líneas arriba -con todo y su saludable miríada de digresiones- hizo que reflotara mi interés por su magma y me llevara -un día, una vez, chispazo eléctrico mediante, yo no sé- directo y sin escalas hacia uno de los vórtices conceptuales de la teoría foucaultiana: me refiero a su concepción del placer, radical, abordado en toda la extensión de su desmesura y concebido como un derecho con técnicas singulares y campo de acción infinito.
Y es que, en efecto, Foucault conminaba a escudriñar nuestros placeres antes que perdernos en la búsqueda siempre insatisfactoria y normativizante del deseo, y de ese modo, tal vez, forzar la aparición, la traza o bien la continuidad del deseo, de algún deseo*. ¿Qué tal entonces si nos aplicáramos en propender hacia los primeros -y su sino de multiplicidades- en lugar de seguir la huella elusiva del segundo según el dictum del psicoanálisis?; ¿no es esto acaso lo que está haciendo gran parte de la megaproducción porno mundial con sus perlas desorbitadas?, ¿con sus cumshots, pissisngs, bukkakes y mil etcéteras fuera de borda?
De este modo, la noción foucaultiana vino a confluir en mis devaneos para organizar un sentido que, hasta allí, latía confuso en mi espíritu; así de simple si me creyeran tal cual lo cuento. 
Y ya que se trata de invertir los términos de la ecuación deseo-placer, tal como afirmaba Michel, como está ocurriendo en mí y como lo percibo en los desplazamientos masivos del género, ¿qué mejor que la herramienta “condicionada” para activar ese viraje sobre el que pretendo encauzar la nave de mi nuevo film, ataviado como voy con estos flamantes transconcepts1
Pues para este servidor, nada mejor.
Mas sin embargo, debo apelar a un crucial otrosí digo. Ocurre, amigos, que la eroticidad del relato en tierras de cine explícito sigue siendo para mí un agua pródiga e insoslayable de la que anhelo seguir bebiendo, por lo cual fue inevitable que, llegado a este punto, me preguntase si era posible imbricar estas dos formas del querer pornográfico, si era plausible la obtención de un hardcore narrado con esmero y no a sola base de crudeza desnuda. 
Y allí al fin, en el desafío de tentar una posible respuesta a ese interrogante, la razón de ser de esta nueva aventura vital y fílmica que un puñado de temerarios ya estamos queriendo atravesar.
Al regreso, estoy seguro, querré contarles.

                              C.J., 13-06-2012.

PD: dejo la foto de un culo por si no se entendió nada.

PD2: me refería a que suelo ser confuso: no les estaba achacando nada en la primer PD, hato de paranoides.               

PD3: de la desexualización del placer y sus varios bemoles hablamos otro día, ¿les parece?


*“La reserva foucaultiana con respecto a lo que considera la ecuación "moderna" (contra lo expresado por voces contestatarias contemporáneas), se manifiesta así:
”‘Debemos liberar nuestro deseo', dicen. ¡No! Debemos crear placeres nuevos. Entonces, quizá, el deseo continúe’.(43)
Quizá el deseo continúe. No hay que hacerse responsables por el deseo, sino por la efectiva distribución de placeres según técnicas inventadas y planificadas a ese propósito*.

(43) Foucault. "Sexo, poder y política de la identidad" Dits et écrits, tomo IV, ed. cit., p- 420.

*Extraído del libro de ensayo de Roberto Echavarren, “Fuera de género. Criaturas de la invención erótica”(Editorial Losada, Buenos Aires, 2007).

1 Transconcepts: versión pensante de los transnudens, aunque estos últimos mucho más divertidos, a qué negarlo.

PS: Tengo claro lo que significa el porno para la feligresía posporno anche pro-foucaultiana. Qué puedo decir: querid@s herman@s y herman@s, en caso de indignación severa, releer atentamente el primer párrafo de esta nota.