Una novela –y una obra, sospecho- sita en un nodo ilocalizable en el que convergen erotismo, ruralidad, infancia, psicodelia y un pathos femenino hondo, a salvo de estereotipos y expresado con la simpleza de quien sabe utilizar las palabras y tiene con ellas algo para decir. 
Gracias a María Tucker por presentarme a la autora –literariamente hablando, claro- y también por haberme obsequiado el libro.

“Desirée fue uno de los relámpagos  más tremendos y duraderos que alumbraron a Yla.
Su encuentro y acoplamiento con Broderick tuvieron lugar una mañana, después de la lluvia. El aire seguía oscuro, la hora era imprevista.  Desirée había salido de una de las menstruaciones y estaba, al parecer, muy fértil. Broderick saltó a su lado como un hondero, cortó el aire oscuro con la nariz.
Ella correteó un poco, él se desconcertó, ella corría, él le decía:-Me llamó aquel día.  Mire hacia mí, señora.
Y así ella volvió y se puso propicia. Broderick le pasó el bigote por donde quiso.  La tomó del cuello como había visto entre gatos y pequeños tigres, hizo el ronroneo, tiró del batón bermejo; ella lo retuvo y después sirvió de sabanita. Él le dijo:-No se olvidará de mí. Siéntame bien. No se va a olvidar, señora.  No lo podría.
Pero, ella iba venciendo, y él lo veía. Su actuación -la de ella- se llenó de pollos y vampiros. En cada recodo de ella había otra molusca mujercita. Estaba centuplicada.  Una pinza capaz y rapaz que roía.
Broderick vio cómo se le desarmaban los huesos.  No podía desprenderse de ese devorador almohadón, de esa pavorosa mañana de reyes.
Al fin, desconectó como pudo, dando un grito.  Un ¡Ah!...que atravesó el cielo morado de Yla. Fue víctima de un bárbaro temblor.
Se metió en el lago. Ella también, se bañaba se espaldas. Salió, púsose el manto negro y se fue”. 

Fragmento de “Reina Amelia”, Marosa di Giorgio (1999).