Perdón por los informes mediáticos sobre "el creador de "Muchacha...", "el poeta del rock" ("una bobada", en tus palabras) o "el líder de míticas bandas como Almendra, Pescado Rabioso e Invisible" (¿quién será ese señor?, ni vos ni yo lo conocemos).

Casi no puedo entender que ya no estés aquí, conmigo, en el mundo; y esta partida acaba por ser tu obra más extraña y dolorosa.

Pude saber que afrontaste lo inevitable con entereza, en paz, y que, considerabas, todo lo que tenías para decir ya te habías encargado de decirlo.  Estabas listo para irte.  Pero la verdad es que yo no para dejarte, Luis.  Y cómo describir entonces esta terrible sensación de orfandad; de saber que ya no habrá próximo disco con el que deslumbrarse una vez más, o -casi es lo mismo, lo sé- una nueva extracción a esa piedra misteriosa de la que la vastedad te hizo su único custodio (¿te habrás reunido en ella finalmente?  ¿Será que el mundo, si miramos bien, se ha embellecido tenuemente, pues ha tornado un poco de Spinetta, ahora que ya sos todo luz?).      

No sabés cuánto voy a extrañarte, Luisito, héroe supino de mi sensibilidad, alma de diamante, aliado, guía, sofisticador oficial de mi espíritu y faro irremplazable de mi educación sentimental... será muy raro y yermo sin tu luz, y de a ratos se ve que no soporto tu flamante ausencia y me pierdo en breves recreos placenteros donde las cosas eran como antes y vos existías y yo te adoraba... Pero estas evasiones inconscientes duran lo que un un suspiro y el retorno es súbito, cruel  y siempre, sin excepción, el odiado locutor de mi conciencia me aguarda para anoticiarme de tu muerte como si acabara de pasar. 

Logro el sosiego por un instante y me pregunto a la vez si el mundo no degradará un poco más sin tu presencia; pues, ¿adónde otro para descartarse puntualmente de lo vano así como vos lo has hecho?; ¿y quién levantará la mano para trazar un rumbo fiel sobre la imbricación inextricable de acciones, palabras y sonidos? ¿Y cuál más, si su espíritu se lo dictase, sería capaz de embeberse en silencios prolongados, elocuentes, demoledores, mil veces más poderosos que cualquier grito?

Por otro lado, o por el mismo, me sigo preguntando y sopeso -no paro de interrogarme, no puedo pensar bien, cavilo, me voy...- si acaso es necesaria acotación alguna respecto de tu honestidad incontrastable; entonces vacilo y un segundo más tarde decido que tal vez debiera extenderme sobre la insólita y desarmante humildad que te habitaba -no termino de digerir el tiempo verbal, es increíble-, para concluir, ya ni se cómo, que lo más adecuado sería resaltar tu condición de guerrero bienhechor de bajísimo perfil... Y sin embargo los pensamientos se arremolinan, las ideas se agolpan y la verdad es que no sé ni cómo puntuar las oraciones con esta opresión persistente que me jibariza las palabras. A lo mejor, me digo finalmente después de dos horas o cinco minutos, no sé, baste con mencionar tu negativa irreductible a colgarte las bellas medallas del pasado, enfatizar la dirección de tu flecha constantemente tensada hacia el ahora. Puede ser, a lo mejor bastaría... si existiese alguna forma de pintarte de cuerpo entero; pero resulta que no, porque lo cierto es que siempre, más que un músico, más que un hombre o un poeta, fuiste una especie arborescente cuyas ramas superiores se rozaron confianzudamente con el cosmos. Y de allí, claro, proviene tu obra; un corpus vastísimo, extraordinario, sólo igual y diverso de sí mismo, erigido en base a esmero de orfebre y un talento irrepetible con el que extrañaste todo aquello que tocaste para embellecerlo sin remedio.

Y de hecho, si hoy estoy aquí, balbuceando esta despedida que espero no sea tal, es porque tu ruido de magia quiso un día vibrar también sobre la cuerda de mi vida –imaginame, Flaco, con once añitos, en la soledad de mi cuarto, escuchando “Spinetta” por vez primera: era “Mondo di Cromo”, en cassette (que conservo y hoy más que nunca conservaré), y el resto lo adivinarás sin esfuerzo: transfiguración in progress, rostro demudado y el curso de mi sensibilidad bendecido para siempre.

Entonces cómo no darte las gracias una y otra vez hasta que torne un mantra y aun así sentir que me resulta flagrantemente insuficiente, y allí, en ese instante, caer en la cuenta de que gracias es adiós, un adiós tristísimo con el alma hecha jirones.

Pero yo nunca te olvidaré, Luis; ¿o es que acaso no ves tu huella en mi corazón, ahí, justo en el centro, por el resto de mi vida?

9/8/2012.

Termino de escribir esto y veo en la tele el cortejo, el féretro (¿cómo puede ser que estés ahí adentro? ¿y la música, y la vida, los gestos, la risa y el resto de la maravilla?  ¿todo apagado para siempre?  ¿así de simple, así de absurdo?).  Por suerte aparece Dante y nos cuenta que fue decisión del propio Luis -me estremece hasta el escalofrío imaginar esos momentos- que lo cremasen y esparciesen sus cenizas en el Río de la Plata.  Será al atardecer y podremos contemplarlo junto a él; un último encuentro con el Maestro, quien sobre el final -adiós, amigo mío, le diremos con los ojos- evanescerá en el horizonte hasta abrazar la eternidad.

Y allí estaré, claro.  Pero ahora -no voy a mentir en la última línea- arrecia de nuevo la congoja, el llanto entrecortado y esta ciega incredulidad que se niega a dar un paso atrás... 

Cuánta pena, dios mío.

"Y es que puedo soportar esta distancia / y es que te has impreso en mí, como la luz" (Luis Alberto Spinetta).

  Ah, me olvidaba, gracias también por ese último regalito, la invención del verbo "paniquear" ♥


PS: mil disculpas por la prosa embrutecida, pero esto lo escribí con el corazón en las manos y un zombie en mi cabeza.