Por An Urman.

Una vez cada tanto aparece un escritor desligado de su tiempo: de su tejido histórico, de sus credos literarios. Suele perseverar en el camino que ha elegido, o padecido, menos por heroísmo que porque no podría escribir sino lo que escribe. Lo ignoran los legisladores contemporáneos del gusto, lo aprecia una minoría tenaz en su entusiasmo. Hasta que un buen día el inapelable péndulo de la moda decreta la caducidad de los ídolos del día anterior y con un ímpetu inesperado lleva hacia la luz su obra, menos desconocida que postergada, y en general numerosa, porque ha tenido tiempo de elaborarse en la penumbra a la que parecía condenada.
Durante décadas, Silvina Ocampo fue "el secreto mejor guardado" de las letras argentinas. Admirada por los mejores escritores, recibió sólo menciones breves, incómodas, en manuales e historias de la literatura; ante el desafío de una obra inclasificable. "La seguiré por largas galerías / con la belleza y el horror por guías" (Silvina Ocampo, "Sonetos a la imaginación").