Recuerdo a un estudiante de antropología que me hizo una nota (haciéndome creer aviesamente que la habíamos pautado, cuando en realidad no) llena de preguntas malintencionadas, y luego, incluso a pesar de mis reiterados pedidos, no sólo jamás me la mostró (era un trabajo curricular) sino que desapareció higiénicamente tras aquel desagradable encuentro. Todavía lo recuerdo deshaciéndose en un crossfade de excusas quebradizas (cuando las circunstancias lo obligaban a salirse de la jerga académica, su palabra se volvía débil y casi que movía a la compasión). Debe haber sacado un diez. También recuerdo sus ojitos achinados e insidiosos. En fin, voy a poner música.