CLONESURFERS

 

Mi amiga Agustina me había invitado a su casa. Vivía con su familia. Estábamos desnudos sobre un colchón, por cuyas sábanas revueltas se podía inferir que habíamos dormido allí. Desnudos, ¿ya lo dije? De súbito aparece la hermana de Agustina -originaria del sueño-, rubia, gordita, muy atractiva. "Qué buena que está, ¿mirá vos?", dije para mis adentros. Sin solución de continuidad, compartimos un almuerzo con la familia entera de mi amiga, que se completaba con sus progenitores.

Su padre era un científico especializado en manipulaciones genéticas y biotecnología. De pronto, nuevamente en el que, supongo, es el cuarto de Agustina. Tenía muchos gatitos, me resultaban de a ratos simpáticos y luego cada vez menos soportables. Aparentemente cachorros, eran creación de papá genetista, mininos inusitadamente cabezones e hiperinteligentes, algunos incluso hablaban. Todos rasguñaban, muy molestos. A Agus, extrañamente hippie, parecía no importarle. También nuestras desnudeces le tenían sin cuidado; yo en cambio, previsiblemente caliente.
Me invita a pasear, acepto. Sin más, caminamos apacibles por un jardín -el de la casa de mi abuela. Lo primero que noto es a un grupo de surfers, rubios, desnudos, clonados, al parecer lobotomizados, jugando despreocupadamente entre los árboles del parque (me recordaban a los Eloi de la original "The Time Machine"). Consulto sobre ellos a Agustina, me informa que son también obra de su padre. "Dota de inteligencia superior a pequeños felinos y lobotomiza humanos...", empezaba a inquietarme.

Agus camina a mi lado, sonriente, siempre desnudos. Noto que no hay mujeres entre los clones, y se lo hago saber. Me informa que han sido comercializadas en el marco de una operación de trata de blancas. Me horrorizo vagamente. Acto seguido me pregunto si Agustina se serviría sexualmente de estos jóvenes, que sin embargo daban más bien la impresión de niños seráficos prefreudianos.

Opté por la discreción y, sin más preguntas, continuamos nuestra caminata.