Una mujer (Isabella Rosetto), bella, sexy, vestida como una suerte de insinuante secretaria ejecutiva, entrevista a un hombre de unos treinta años (Javier Fernández), intentando indagar en los intersticios eróticos de una mente masculina.  El sito del encuentro remite a un atelier, aunque por alguna razón no acaba de serlo.  La conversación gira en torno a relatos especialmente perversos –tal vez imaginarios, tal vez reales- que el hombre, a través de una extraña sintaxis, refiere a la mujer a cambio de una única y obscena condición.
Así, adultos y jovencitas; relaciones de poder ¿consentidas?;  el sensorio como gatillador de la lujuria;  la dominación femenina; un ser harapiento y otro elegante; una madre, su hijo, el semen y un padre ausente, son algunas de las criaturas y situaciones que el entrevistado no sólo aborda y es capaz de visualizar a la par del espectador, sino que aun antes parece impulsar como el demiurgo en tiempo real que vuelve posibles tales “visiones” –y sin embargo éstas, aquél y el film todo, el decurso masturbatorio de un narrador fuera de campo: Dios.